Inktober Literario 2019

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Dolordebarriga
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Re: Inktober Literario 2019

Mensaje por Dolordebarriga »

Jajajajja, cojonudo Szalai, me ha encantado.
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Dolordebarriga
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Re: Inktober Literario 2019

Mensaje por Dolordebarriga »

Una vez sueltos los mineros y transcurrida la semana prometida en el Anillo de Cramos, el día D a la Hora H, por supuesto, no se presentó ni el tato en la Riotinto para embarcar y continuar el viaje hacia el almacen central. Era lo previsto, regala a setenta y pico tíos que llevan dos años picando minerales en un asteroide de mierda perdido en el sistema solar una semana en el mejor burdel casino de todo el sector y espera luego sentado que se presenten puntualmente. A la Pick&Shovel Corp le importaban una puta mierda los mineros, al menos ahora que tenían las bodegas de la "panzona", ese es el nombre cariñoso de la Riotinto, llenas hasta arriba de oro y litio, pero estaba el Sindicato. El Sindicato de mineros era lo más tocacojones que existía en el universo. Si el contrato decía que a los mineros se les debía devolver al almacén central, por narices teníamos que devolverlos allí. Dejarlos a medio camino suponía enfrentarte a innumerables litigios e incontables indemnizaciones, así que no había otra que hacerlos entrar en la nave. Por suerte todo estaba previsto. Pasada una hora del tiempo límite para el embarque, Pick&Shovel Corp ordenó bloquear todas las cuentas de los mineros, tanto las que había abierto la compañ´ía como las personales que hubieran podido abrir aquellos mineros que ya se habían gastado los novecientos cincuenta créditos y estaban ya tirando de sus ahorros. Eso podían hacerlo sin problemas ya que el Anillo de Cramos pertenecía a Pick&Shovel Corp a través de una filial. Así que, puesto el cebo en el anzuelo, el Capitán, la tripulación compuesta por un segundo que hacía las funciones de navegante, el oficial médico, el oficial mecánico, su segundo y el becario de carga, junto al personal de seguridad, un equipo compuesto por un sargento y cinco soldados que tenían muy malas pulgas y siempre iban pertrechados con el equipo antidisturbios, se sentaron a esperar a que los pececitos fueran picando. Sin dinero que gastar los mineros fueron volviendo mansamente a la Riotinto. Los dos últimos entraron quince horas después de la hora fijada, y, con todos a bordo, la Riotinto se desengancho del muelle de carga y se dispuso a continuar su viaje hacia el almacén central. Faltaban ciento veinte días para llegar a destino y finalizar el contrato que nos ligaba a todos con la Pick&Shovel Corp.
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M. Corleone
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Re: Inktober Literario 2019

Mensaje por M. Corleone »

Szalai escribió: 04 Oct 2019 23:49 El responsable de la ETT aprovechó la pausa para maximizar la sesión de internet que tenía oculta. Taumas varios. Cuent you.
Qué final tan redondo, jajaja. Me has dado un poco de miedo.
CacaDeLuxe escribió: 19 Feb 2020 19:17hazte asi en la cara

Szalai
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Re: Inktober Literario 2019

Mensaje por Szalai »

M. Corleone escribió: 07 Oct 2019 15:14
Szalai escribió: 04 Oct 2019 23:49 El responsable de la ETT aprovechó la pausa para maximizar la sesión de internet que tenía oculta. Taumas varios. Cuent you.
Qué final tan redondo, jajaja. Me has dado un poco de miedo.
No estaba pensado. Una cosa ha llevado a la otra. Pronto, otro spin off de la saga de la nave minera Riotinto. O al menos esa es la intención.

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Ruttiger
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Re: Inktober Literario 2019

Mensaje por Ruttiger »

Entre fin de semana y resfriado voy tarde. A ver si me pongo al día. Aquí viene el quinto
¿Quien es este tipo? escribió: 14 Nov 2019 17:39 Madre mía.

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Ruttiger
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Re: Inktober Literario 2019

Mensaje por Ruttiger »

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Dia 5. Build

Ésta es la sorprendente historia de un escritor mediocre que quiso pasar a la posteridad. Quizás el principio de este relato resulte al lector un tanto horrible por convencional, la necesidad de señalar el carácter no ficticio de este relato para distinguirlo entre sus compañeros recopilados en este foro, hizo al autor decidirse por este primer párrafo expiatorio con la esperanza de que el lector le perdone la incómoda falta de forma y estilo, pues la alternativa se trataba del eficaz aunque demasiado recurrido y antiestético, “esta historia está basada en un hecho real”, fórmula mucho más artificial, si cabe, que la escogida finalmente. Expresadas, pues, las disculpas en cuanto a la improcedencia de esta presentación, se da por finalizada dando paso, esperemos que más felizmente, a la verdadera historia que se pretende narrar.

Aunque el escritor al que se hacía reseña anteriormente, al que se le guardará el anonimato por respeto y petición expresa de sus familiares y amigos, y al que, en adelante y por fluidez narrativa, será referido simplemente como “el escritor”, se dedicaba a escribir más por afición que por virtud, al no tener (el escritor) ningún otro talento adicional por el que destacarle y, siendo su desempeño profesional, diametralmente alejado de la escritura, algo tan rutinario y anodino, como falto de preciso adjetivo que lo describiera, se creyó conveniente etiquetar al escritor como “el escritor”, pues éste era el más preciso de los adjetivos posibles. Podrían, también, haberse utilizado sinónimos, para hacerle referencia pero, por un lado, el cambio de nomenclatura para un mismo personaje podría llegar a desconcertar al poco atento lector y, por otro, confundir la identidad del escritor con la del otro personaje de esta historia no mentado anteriormente aunque igualmente necesario en cualquier otra obra literaria, me refiero al autor (aunque, como luego se descubrirá, y en este momento se está rompiendo, con torpeza, la sorpresa, ambos resultarán ser la misma persona).

Comenzó, pues, el escritor, su desempeño creativo desde muy joven, recién entrado en su tranquila adolescencia, como método de abstracción, en un primer lugar y de socialización, más adelante, escribiendo relatos de escasa calidad formal y nula técnica aunque con cierta tendencia a la violencia y afición al efectismo y la sorpresa final que le ganarían el comentario favorable de algún que otro falto en crítica y en experiencia lectora, aunque resultaran indigeribles para el ojo aficionado. Estos comentarios favorables, alimentaron la nula autoestima del escritor alentándolo a seguir en su empeño y desempeño relator.

Con los años y la experiencia, el verbo del escritor fue mejorando en técnica y en densidad, no así en calidad ni en talento. Sus golpes de efecto se tradujeron paulatinamente en planteamientos pseudo metafísicos y su afición a los juegos de palabras, a los laberintos mentales y a los meta argumentos guiaron su obra, llegando a escribir guisotes desaliñados como el presente relato, que decidió escribir en tercera persona y en pretérito además de aclarar que estaba basado en hechos reales en un lamentable y desesperado intento de ganar verosimilitud amén de justificar por sí misma una historia sin, a priori, interés alguno.

La madurez le vino acompañada al escritor de algo de sentido común y acabó rindiéndose a la evidencia a la que hacía años que daba la espalda, aceptando con serenidad que sus relatos eran, en realidad, un amasijo ilegible de tonterías encadenadas en muchos adjetivos y poca puntuación. Optimista de naturaleza (nótese y agradézcase como evita aquí, el autor, aunque le cuesta, utilizar de nuevo perífrasis demasiado obvias como la clásica “inasequible al desaliento”, formalmente genial, aunque extenuante y desgastada por el uso) el escritor decidió que, aunque le faltara talento, le sobraban ganas por lo que decidió probar otros formatos estilísticos distintos de escritura. Lo intentó, sin demasiado éxito, como podrá haber sospechado el astuto lector a partir del tono general del presente relato, con la poesía, la canción, el cómic, el guion de cine, el teatro, el relato periodístico y los anuncios por palabras en las secciones de contactos de los diarios locales. Y viéndose incapaz en todos los géneros en los que hubo probado fortuna, el escritor se sintió, por fin, derrotado y merecidamente mediocre.

Su también mediocre aunque extensa obra, compuesta por más de ochocientos relatos cortos, once novelas a medio terminar, tres novelas a medio empezar, cuarenta y tres poemas, siete ensayos, tres guiones de cortometraje, uno de largometraje, cinco guiones de cómic, dos obras de teatro, un par de docenas de crónicas periodísticas, otras tantas críticas de cine, de arte y de música, y un inacabado libro de recetas, edificaban un inmenso monumento de dos mil setecientas sesenta y cuatro páginas, a la incompetencia y a la mediocridad.

Una noche en el que la sensación de fracaso era más acuciante de lo habitual, ante la pantalla del ordenador portátil ante el que siempre escribía y con casi media botella de whisky (barato) en la sangre, decidió, una por una, eliminar cada una de las páginas del documento de texto que resumía su fracaso vital. A medida que la tecla “Supr” de su teclado iba comiéndose con voracidad infinita cada letra, cada palabra, cada frase, cada verso y cada concepto que el escritor hubiera tenido la mala idea de plasmar durante los últimos treinta años, la trascendencia de su propia vida iba desapareciendo también bajo las fauces asépticas de tan ávido e incansable depredador. Y probablemente la noche y la aniquilación de su insustancial legado hubiesen terminado en vómito y en intento de suicidio, no necesariamente en este orden, si, al llegar la purga a la página donde habitaba este relato, una chispa de ilusión y esperanza en forma de idea, no hubiera vuelto a nacer en el espíritu atormentado del desdichado escritor salvándole de la depresión y la autodestrucción.

Paradójicamente se trató de un desagradable error de forma en su propia prosa lo que habría de salvar al infeliz escritor. Mientras una por una las palabras de este cuento iban desapareciendo en el limbo de unos y ceros, de bits y megabytes del procesador de textos, el escritor descubrió que, hasta cuatro veces, sin contar las dos entrecomilladas contenidas en esta misma frase, se utilizaban las palabras “mediocre” o “mediocridad” a lo largo de este relato. El darse cuenta de la poluta redundancia lo molestó hiriéndole el orgullo, al principio, pero luego le proporcionaría una idea que cambiaría su vida para siempre, y una vez más, el lector disculpará el uso de un lugar común tan trillado como es el de “cambiar su vida para siempre”, pero la tensión narrativa y el giro argumental de este preciso momento del relato así lo requerían, en adelante el autor intentará no volver a caer en este tipo de atajos semánticos enlatados que acostumbran a mermar notablemente en la calidad, parca ya de por sí, de su literatura.

“Vulgar”, “corriente”, “gris”, “anodino”, “trivial”, “oscuro”, “insignificante” y “mediano”, fueron las propuestas de sinónimos que le propuso el funcional procesador de textos cuando consultó qué alternativas hubiera tenido a su deslucida redundancia. Aunque todos ellos hubieran sido aproximaciones aceptables en significado, ninguno de ellos encajaba con precisión en el concepto que el escritor había querido representar y solamente la palabra redundada llegaba a ajustarse en acepción con el rigor necesario. Después de consultar algunos otros diccionarios el escritor tuvo que acabar por aceptar que no existía el sinónimo perfecto. Lo cual le empujó, a modo de soliloquio, y guiado por la oratoria que inspiran tres cuartos de litro de alcohol de alta graduación y baja estofa, a disertar hasta bien terminada la resaca, sobre la sinonimia, sobre la imprecisión del lenguaje para perfilar conceptos sencillos, por no hablar de los complejos y sobre el dilema del escritor (no el protagonista de este relato sino el concepto platónico del escritor que engloba y define a todos los escritores del mundo por ineptos que éstos sean) que se ve forzado a elegir entre el sacrificio del estilo y la falta de precisión. Por pueril y nada original se omite aquí la totalidad o la parcialidad del razonamiento que el escritor persiguió aquella noche y se invita al lector interesado que consulte la extensa bibliografía filosófica, lingüística y teórica sobre estos temas que abarrota librerías y bibliotecas, pues cualquier teoría o idea que el escritor pudiera haber tenido aquella noche ya la habían tenido antes miles de personas, con mayor clarividencia y seriedad que la del divagar de un anodino borracho.

No serán omitidas, en cambio, las conclusiones a las que el escritor llego, tras la anterior divagación, pues éstas serán el eje de la parte última de este relato y, en realidad, la motivación inicial y final para que haya sido escrito: Consciente de que su talento nunca llegaría a traerle ni fama, ni gloria, ni posteridad, y de la recién descubierta cojera en el proceso de redacción artística, incapaz de la simultaneidad entre la precisión y el estilismo, el escritor decidió dedicar su vida a inventar un adjetivo que, por un lado, supliera la carencia metafísica inextricable del lenguaje prosaico y poético y por el otro dejara grabado su nombre en una página de la historia de la literatura.

Aunque el proceso histórico, cultural, semántico, ortográfico, contextual e incluso, a veces, hasta económico y jurídico de la creación de nuevos términos en un idioma, suele resultar algo simultáneamente arduo y natural, el hacerlo artificialmente le resultó al escritor mucho más complejo. No le fue difícil dividir su tarea, inabarcable, a primera vista, en dos claras y necesarias subtareas, esclavas: La palabra y su significado, dos ideas germinales y básicas en la teoría de la comunicación, el continente y el contenido. Y, si en un principio puede parecer que el significado había de ser el verdadero dolor de cabeza en una obra tan aparentemente compleja, la realidad fue muy distinta, pero antes de encontrarse con ese primer escollo, el escritor determinó establecer primero la forma de la palabra para luego dotarla de significado. Su primera idea, y la que se ha de suponer que habría sido la primera idea de cualquiera en su lugar, por inevitablemente evidente, fue la de elegir la palabra por el método de realizar azarosas combinaciones de letras. Pronto, después de toparse con ilegibles cadenas de antiestéticas consonantes, descubrió que dejar en manos de la suerte un aspecto tan capital de su empresa era infantil, desconsiderado e irrespetuoso. Tiró a la papelera este primer boceto de su proyecto, resuelto a, esta vez sí, tomárselo en serio.

Estudió etimología, aprendió durante años idiomas extranjeros y en aquellos que no logró aprender, profundizó en la sonoridad de sus palabras, en sus métricas y sus ritmos, en la cadencia de las consonantes y la melodía de las vocales, pero también en la estructura de sus morfemas y su interconexión con los lexemas, en la interpolación léxico gráfica, en el aspecto físico de la palabra y en sus distintas caligrafías, en la dicción, en la posición de los labios, de la lengua, de los dientes, y después de todos los músculos del cuerpo a la hora de pronunciar uno u otro sonido, en los movimientos del diafragma y el bajo estómago, y en la mecánica y la física de las cuerdas vocales. Y tras casi veinte años de estudio y dedicación decidió que ya sabía lo suficiente y que disponía de las herramientas necesarias para diseñar el nuevo adjetivo. Sin embargo, durante todo este tiempo previo de análisis, el escritor había descubierto que en lingüística, el continente y el contenido, no eran objetos probabilistas tan independientes como la teoría de la comunicación parecía indicar. La etimología y la sonoridad cumplían ciertos patrones, irreconocibles al cerebro común, pero claros y evidentes para los entrenados sentidos del escritor. Así que, encerrado en su despacho, llenó páginas y más páginas en su viejo procesador de texto resumiendo los preceptos teóricos del adjetivo que quería formular, a la vez que mentalmente dibujaba la melodía que éste debía de tener, a juzgar por su significado. Como fundidos en un apasionado abrazo, el lector perdonará la horrorosa metáfora, el significado interpolaba el significante a la vez que el significante acariciaba el perfil del significado definiéndolo al dibujarlo.

Cuarenta y siete años y siete mil quinientas canas después de aquella botella de whisky autodestructiva que había de cambiar la perspectiva vital del escritor, éste salió por fin, satisfecho de su despacho, con la inconmensurable tarea de crear un adjetivo nuevo y pasar a la historia por ello, felizmente finalizada. Mil trescientas setenta y tres páginas le ocupó la versión definitiva de la definición del adjetivo de tres simples sílabas formadas por siete letras, de pronunciación sencilla y natural pero profunda y de aplastante carga emocional.

Y aunque ésta no es la historia de un adjetivo sino la de su creador y la del camino que hubo de viajar hasta dar con él, el ávido lector no habrá de sentirse totalmente satisfecho en su lectura (si tal cosa fuera posible, menos aun tratándose de este irregular aunque bien intencionado cuento) si no terminara, al igual que el escritor, descubriendo ese supuesto adjetivo maravilloso al que hace referencia el título, y el motor último de esta historia. Es fácil deducir, sin embargo, si se ha prestado la atención necesaria, que el ansiado adjetivo, sin sus correspondientes mil trescientas setenta y tres páginas de definición adjuntas en pertinente ciclostil, no son más que sonidos encadenados sin más esencia que la sonoridad mal interpretada, por lo que resultaría inútil reproducir aquí las tan ansiadas tres sílabas y esperar que el lector quede saciado ante esa incompleta solución por lo que, tras mucho meditar se ha decidido, a riesgo de lectores descontentos, si no iracundos y ofendidos, que sean ellos, los lectores, los que, al finalizar este relato, justo cuando termine esta frase precisa, intenten imaginar, sea por autosugestión, sea por amor a la cábala, cómo habría de ser tan enigmático término y qué demonios habría de tener que significar.
¿Quien es este tipo? escribió: 14 Nov 2019 17:39 Madre mía.

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M. Corleone
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Re: Inktober Literario 2019

Mensaje por M. Corleone »

10 – Pattern

Dicen los críticos que en mi forma de escribir hay un patrón, pero yo no lo veo por ningún lado. ¿Patrón, si soy pura anarquía?

Comentan mis lectores que mis libros tienen como un ritmito constante, aunque yo no lo detecto. ¿Ritmo, si soy el free-jazz de la literatura?

Cuchichean mis detractores que mis ficciones son previsibles, pero estoy seguro que nadie adivina mis finales sorpresa. ¿Previsibles, dicen, si siempre les dejo con los ojos como platos?

Me acusan los iletrados de tratar siempre los mismos temas, aunque tengo la certeza de que jamás me he repetido. ¿Reiterativo, si abordo una tras otra las grandes cuestiones contemporáneas que a todos nos preocupan o, al menos, deberían hacerlo?

Aducen los más vagos lectores de que tiendo a alargar innecesariamente mis novelas, que son extensísimas, en cuanto al continente, y llenas de párrafos enrevesados, de dudosa trascendencia y mortalmente aburridos, que no llevan a ninguna parte. ¿Tedioso yo, si siempre mantengo con mano firme un tenso pulso narrativo que te corta la respiración y tiende a causar severos accidentes cardiovasculares a quienes no soportan -¡oh, débiles en cuerpo y espíritu!- la terrible dureza de mis textos?

Me difaman numeroso incompetentes colegas de profesión, emponzoñados por la más amarga de las envidia, frustrados por no poder alcanzar jamás siquiera un mínimo porcentaje de la gracia literaria que me concedieron Las Musas desde mi más tierna niñez, cuando en papel comencé a garabatear mis primeras frases (¡a la edad de tres años!), y dicen -¡osados!- que tiendo a no utilizar el punto y seguido, en una sintaxis más que enrevesada, con la que trato de ocultar –dicen- que no tengo realmente nada que decir, imitador bastardo de un hiperrealismo dialéctico que, en realidad, no lleva a ninguna parte y no tiene nada que contar, insisten mucho en eso, paja para llenar páginas y más páginas, como si las editoriales me pagaran al peso, e insisten en que mi uso de los paréntesis aislando los (en mi opinión, certeramente escogidos) adjetivos no hace sino hacer más insufriblemente ilegible el (ya de por sí) complejo texto que les muestro, lo que les hace releer (una y otra vez) una frase que (debido a su infradotado intelecto) se les escapa. ¿Enrevesado y sin nada que decir, yo, que soy la máxima expresión de la concisión, una suerte da epítome de nuestro tiempo, el faro que guía la embarcación de la sabiduría hacia el puerto seguro de mi cálido abrazo intelectual, epifanía de límpida luz que ilumina la negra conciencia de una época marcada por el incierto transcurrir de los años y la mediocridad de sus artes y buen gobierno, así como, en general, una notable debilidad de una raza de seres humanos cada día más degradada y tendente a la estulticia, cuyo único final lógico y plausible es la extinción total en la más miserable de las cegueras?

Ja, ¡¡imbéciles, buscad el patrón en mi escroto, pandilla de hijos de puta!!
CacaDeLuxe escribió: 19 Feb 2020 19:17hazte asi en la cara

Szalai
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Re: Inktober Literario 2019

Mensaje por Szalai »

M. Corleone escribió: 10 Oct 2019 10:52 10 – Pattern
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Dicen los críticos que en mi forma de escribir hay un patrón, pero yo no lo veo por ningún lado. ¿Patrón, si soy pura anarquía?

Comentan mis lectores que mis libros tienen como un ritmito constante, aunque yo no lo detecto. ¿Ritmo, si soy el free-jazz de la literatura?

Cuchichean mis detractores que mis ficciones son previsibles, pero estoy seguro que nadie adivina mis finales sorpresa. ¿Previsibles, dicen, si siempre les dejo con los ojos como platos?

Me acusan los iletrados de tratar siempre los mismos temas, aunque tengo la certeza de que jamás me he repetido. ¿Reiterativo, si abordo una tras otra las grandes cuestiones contemporáneas que a todos nos preocupan o, al menos, deberían hacerlo?

Aducen los más vagos lectores de que tiendo a alargar innecesariamente mis novelas, que son extensísimas, en cuanto al continente, y llenas de párrafos enrevesados, de dudosa trascendencia y mortalmente aburridos, que no llevan a ninguna parte. ¿Tedioso yo, si siempre mantengo con mano firme un tenso pulso narrativo que te corta la respiración y tiende a causar severos accidentes cardiovasculares a quienes no soportan -¡oh, débiles en cuerpo y espíritu!- la terrible dureza de mis textos?

Me difaman numeroso incompetentes colegas de profesión, emponzoñados por la más amarga de las envidia, frustrados por no poder alcanzar jamás siquiera un mínimo porcentaje de la gracia literaria que me concedieron Las Musas desde mi más tierna niñez, cuando en papel comencé a garabatear mis primeras frases (¡a la edad de tres años!), y dicen -¡osados!- que tiendo a no utilizar el punto y seguido, en una sintaxis más que enrevesada, con la que trato de ocultar –dicen- que no tengo realmente nada que decir, imitador bastardo de un hiperrealismo dialéctico que, en realidad, no lleva a ninguna parte y no tiene nada que contar, insisten mucho en eso, paja para llenar páginas y más páginas, como si las editoriales me pagaran al peso, e insisten en que mi uso de los paréntesis aislando los (en mi opinión, certeramente escogidos) adjetivos no hace sino hacer más insufriblemente ilegible el (ya de por sí) complejo texto que les muestro, lo que les hace releer (una y otra vez) una frase que (debido a su infradotado intelecto) se les escapa. ¿Enrevesado y sin nada que decir, yo, que soy la máxima expresión de la concisión, una suerte da epítome de nuestro tiempo, el faro que guía la embarcación de la sabiduría hacia el puerto seguro de mi cálido abrazo intelectual, epifanía de límpida luz que ilumina la negra conciencia de una época marcada por el incierto transcurrir de los años y la mediocridad de sus artes y buen gobierno, así como, en general, una notable debilidad de una raza de seres humanos cada día más degradada y tendente a la estulticia, cuyo único final lógico y plausible es la extinción total en la más miserable de las cegueras?

Ja, ¡¡imbéciles, buscad el patrón en mi escroto, pandilla de hijos de puta!!


Hay que cerrar, man. Resuelve el conflicto, pon una segunda cámara en otra parte, cruza con otra trama, whatever


Spoiler: mostrar
el recién laureado autor abandonó el atril sin esperar a que cesasen los aplausos / abucheos y se colocó en el centro del salón a la espera de que el rey Carlos Gustavo / concejal de cultura de Citruénigo, militante de Vox a la sazón, le hiciese entrega del diploma y medalla acreditativa

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M. Corleone
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Re: Inktober Literario 2019

Mensaje por M. Corleone »

Szalai escribió: 10 Oct 2019 13:38
M. Corleone escribió: 10 Oct 2019 10:52 10 – Pattern
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Dicen los críticos que en mi forma de escribir hay un patrón, pero yo no lo veo por ningún lado. ¿Patrón, si soy pura anarquía?

Comentan mis lectores que mis libros tienen como un ritmito constante, aunque yo no lo detecto. ¿Ritmo, si soy el free-jazz de la literatura?

Cuchichean mis detractores que mis ficciones son previsibles, pero estoy seguro que nadie adivina mis finales sorpresa. ¿Previsibles, dicen, si siempre les dejo con los ojos como platos?

Me acusan los iletrados de tratar siempre los mismos temas, aunque tengo la certeza de que jamás me he repetido. ¿Reiterativo, si abordo una tras otra las grandes cuestiones contemporáneas que a todos nos preocupan o, al menos, deberían hacerlo?

Aducen los más vagos lectores de que tiendo a alargar innecesariamente mis novelas, que son extensísimas, en cuanto al continente, y llenas de párrafos enrevesados, de dudosa trascendencia y mortalmente aburridos, que no llevan a ninguna parte. ¿Tedioso yo, si siempre mantengo con mano firme un tenso pulso narrativo que te corta la respiración y tiende a causar severos accidentes cardiovasculares a quienes no soportan -¡oh, débiles en cuerpo y espíritu!- la terrible dureza de mis textos?

Me difaman numeroso incompetentes colegas de profesión, emponzoñados por la más amarga de las envidia, frustrados por no poder alcanzar jamás siquiera un mínimo porcentaje de la gracia literaria que me concedieron Las Musas desde mi más tierna niñez, cuando en papel comencé a garabatear mis primeras frases (¡a la edad de tres años!), y dicen -¡osados!- que tiendo a no utilizar el punto y seguido, en una sintaxis más que enrevesada, con la que trato de ocultar –dicen- que no tengo realmente nada que decir, imitador bastardo de un hiperrealismo dialéctico que, en realidad, no lleva a ninguna parte y no tiene nada que contar, insisten mucho en eso, paja para llenar páginas y más páginas, como si las editoriales me pagaran al peso, e insisten en que mi uso de los paréntesis aislando los (en mi opinión, certeramente escogidos) adjetivos no hace sino hacer más insufriblemente ilegible el (ya de por sí) complejo texto que les muestro, lo que les hace releer (una y otra vez) una frase que (debido a su infradotado intelecto) se les escapa. ¿Enrevesado y sin nada que decir, yo, que soy la máxima expresión de la concisión, una suerte da epítome de nuestro tiempo, el faro que guía la embarcación de la sabiduría hacia el puerto seguro de mi cálido abrazo intelectual, epifanía de límpida luz que ilumina la negra conciencia de una época marcada por el incierto transcurrir de los años y la mediocridad de sus artes y buen gobierno, así como, en general, una notable debilidad de una raza de seres humanos cada día más degradada y tendente a la estulticia, cuyo único final lógico y plausible es la extinción total en la más miserable de las cegueras?

Ja, ¡¡imbéciles, buscad el patrón en mi escroto, pandilla de hijos de puta!!


Hay que cerrar, man. Resuelve el conflicto, pon una segunda cámara en otra parte, cruza con otra trama, whatever


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el recién laureado autor abandonó el atril sin esperar a que cesasen los aplausos / abucheos y se colocó en el centro del salón a la espera de que el rey Carlos Gustavo / concejal de cultura de Citruénigo, militante de Vox a la sazón, le hiciese entrega del diploma y medalla acreditativa
Fíjate que pensaba dejarlo absolutamente sin cierre, del todo, sin esa frase final de "Ja, ¡¡imbéciles, buscad el patrón en mi escroto, pandilla de hijos de puta!!". Simplemente el patrón. Cada párrafo con la misma estructura (patrón 1) y cada párrafo cada uno un poco más largo que el anterior (patrón 2), pero al final me parecía que quedaba soso, que no ibáis a entender que esa era mi intención (hablar sobre el patrón escribiendo con un patrón y una estructura simétrica pero cada vez más larga) y, comido por las dudas, he añadido a última hora esa mierda de cierre que no pega ni con cola con el resto. Así que no creo que le falte un poco MÁS de cierre, como tú me aconsejas, sino haberlo dejado TOTALMENTE ABIERTO, el ejercicio por el ejercicio, como esos libros que reseñas y que luego leo yo y comento en el hilo correspondiente.
CacaDeLuxe escribió: 19 Feb 2020 19:17hazte asi en la cara

Szalai
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Re: Inktober Literario 2019

Mensaje por Szalai »

A ver, se ve la intención oulípica, pero si lo dejas como propones se queda en un ejercicio expositivo (a mi modo de ver, siempre). Hay un protagonista narrador (confiable o no confiable) y unos antagonistas (reales o imaginarios) y un texto en el que el narrador se defiende de un crímenes que afirma no haber cometido con argumentos que le incriminan más, si cabe, que las acusaciones. Todo guay, pero there's somethin' missin. Has jugado con la forma, efectivi, el cierre no pega con el resto, si lo que quieres es llevar la forma hasta las últimas consecuencias, pero eso no quiere decir que lo tengas que dejar ahí. Has creado tensión, tienes un buen material, puedes resolver, y nadie te dice que para hacerlo no puedas utilizar la forma que has elegido (con un diminuendo, por ejemplo - párrafos cada vez más cortos -) si es ese tu plan.

Si te das cuenta no hay espacio, no hay tiempo, no hay acción como tal, no sabemos nada de los personajes, nada cambia, nada permanece.

Un poco agrio me ha quedado y no es mi intención. Seguro que me entiendes. Yo me entiendo a medias.

Cuando cuelgue uno me das cera de la buena.

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