El Libro de Gordón

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M. Corleone
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Re: El Libro de Gordón

Mensaje por M. Corleone »

Criadillas escribió: 10 Jul 2020 13:24HARTE
Me he inspirado en mi maestro, Pochola El Bosco.
CacaDeLuxe escribió: 19 Feb 2020 19:17hazte asi en la cara

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Dolordebarriga
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Re: El Libro de Gordón

Mensaje por Dolordebarriga »

hamor hamorhamorHAMORHAMOR
YO ESTOY INDIGNADO

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Ruttiger
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Re: El Libro de Gordón

Mensaje por Ruttiger »

Lipithia no se dejaba dormir. En toda la mansión traqueteaban como ratones en las esquinas los preparativos para la celebración de su mayoría de edad. Su madre, Adiphea Segunda, calculaba que se produciría durante la siguiente semana, pero la emoción impaciente le había hecho ordenar a las secas que lo tuvieran todo listo para cuando llegase el gran momento. Y Lipithia, que se había obligado a no sentirse ilusionada, no podía evitar querer tener hambre. Apenas habían pasado unos minutos de la cena frugal: Albóndigas con espaguetis, pastel de higadillos, pizza tamaño familiar, seis estaciones con los bordes rellenos de queso fundido, chuletón de buey con patata asada, media tarta de Santiago, un paquete de seis tigretones, una bolsa tamaño familiar de pandilla Drakis y una botella y media de refresco de cola. Adiphea Segunda la reprendió:

- Come más o no vas a llenar el vestido.

Pero Lipithia no quería seguir creciendo.

Desde pequeña había impresionado a nutricionistas y endocrinos. Nació tras tan solo veintisiete semanas de gestación, pesando más de seis kilos y superando así todos los registros que se conservan, al menos desde el Gran Banquete. Pronto empezó a bromearse, como solo de cosas tan serias se puede bromear, con que la niña era la Heredera, aquella de la que hablaban las profecías, la que sería capaz de deglutir, de una vez y para siempre, toda el hambre del mundo. Tras doce lunas Lipithia ya pesaba treinta quilos. Alcanzó la centena poco antes de cumplirse las cincuenta. La madre celebraba orgullosa la Belleza con banquetes alegres y copiosos, boato, lujuria y lluvia de torreznos (torreznial), convencida de que Lipithia heredaría la voluntad del Gran Maestro Obeso y se convertiría en heralda del Bocado Infinito. Según las escrituras que aún se conservan entre lonchas de tocino ahumado, San Gordón, el Ungido en Grasa de Uro, Aquel-Que-Todo-Lo-Ingiere, alcanzó los trescientos con tan solo cien lunas y de aquel milagro se escribieron leyendas que, con el tiempo pasaron a considerarse mitológicas, relatos épicos para engañar a los niños y alejarlos de la inapetencia. Apenas había cumplido ya noventa lunas cuando, tras la celebración habitual y pantagruélica, la báscula de Lipithia les anunció que a la niña tan solo le quedaban dos quilos y medio para alcanzar la mayoría de edad y que, por lo tanto, mucho tendría que bajar en calorías su dieta para que no llegase a superar la cota, hasta aquel momento sobrenatural del Santo Gordo, Todo Omnivoroso.

Un sistema de cordeles unidos por poleas tan intrincado como eficaz unía el dedo índice (el dedo gordo, como todos los demás) de Lipithia a la campanita de latón que colgaba a su lado a pocos centímetros, así la niña apenas tenía que empezar a sentir hambre para que una de las secas, siempre ágiles, siempre enfermizas, siempre esquinadas, apareciera en pocos segundos en su habitación a satisfacer sus más adiposas necesidades. La seca, esta vez, era más alta de lo normal, incapaz de disimularlo a pesar del encorvamiento de su columna provocado por el raquitismo.

Normalmente las mujeres ignoraban a las secas, no eran más que un complemento funcional más, indistinguible de los demás aparatos y cachivaches electrodomésticos que florecían en las casas para evitar a sus residentes cualquier esfuerzo innecesario que supusiese el más mínimo derroche calórico. Pero a Lipithia, las secas, siempre le habían resultado tan fascinantes que se dedicaba a observarlas, a estudiarlas, incluso a reconocerlas y a distinguirlas, en secreto. Una vez Adiphea Segunda la sorprendió mirando con obscenidad las mejillas hundidas y el xilófono de las costillas de una de ellas. La reprimenda fue mucho menos desproporcionada de lo que la niña se había temido: Aquella noche, en la bandeja central del banquete, un animal asado, huesudo y retorcido, como un cerdo alto y escuchimizado, hizo las delicias de Lipithia que, tras ser obligada a comérselo entero, tuvo que alegar que, aunque de poca carne, aquel había sido un manjar de lo más suculento y lo royó hasta el sorber del tuétano.

La niña reconoció de inmediato a la seca, espigada como una tormenta eléctrica. Hacía pocos días le había estado ayudando a peinarse, sacándole con dulzura los enredos, los trozos de caramelo enganchados en las coletas y los restos de tomate frito reseco de las raíces. Lipithia siempre pedía que la peinasen. Hacía muchísimas lunas que sus brazos no le alcanzaban la parte alta de la cabeza, a duras penas le llegaban ya a la boca, aunque no le preocupaba demasiado, sabía que en cuanto fuese adulta, serían las secas las que se encargarían de alimentarla. En medio del gurruño huesudo y encorvado de la seca, la mirada de Lipithia se cruzó por accidente con dos ojos azules, enormes, abultados y sanguinolentos que le escudriñaban el alma y le robaban el almuerzo. Consumida por la vergüenza, desvió la mirada, recordando de inmediato los ojos de un besugo y su esófago protestó de inanición.

- Trae... Tráeme un bocadillo de chorizo. Con queso fundido. Y un batido de chocolate.

El gruñido de la seca significaba “sí señora, de inmediato, señora”. Nadie lo hablaba pero todas entendían el lenguaje de las secas. Y aunque no sonara distinto a un palo frotando un tronco rugoso se sobreentendía que no era otra cosa que un dialecto bárbaro originado por la ausencia de caja de resonancia en el inexistente espacio entre pellejo y huesos de aquellas mujeres.

La seca desapareció tras la puerta, arrastrándose con una viscosidad que a Lipithia le pareció extrañamente suculenta. De nuevo sola, la ansiedad se reunió con el hambre en las entrañas de la niña. Sumergida en un ataque de melancolía imposible de ser comprendido por una criatura de menos de cien lunas, se forzó a llorar. Relamerse la sal de sus lágrimas siempre le había parecido un buen entretenimiento entre comidas y había llegado a controlar su llanto como el que abre y cierra una máquina de hacer salchichas. Y aunque en aquel momento su lloro era de desesperación sincera, igual tampoco desaprovechó la ocasión para inundar su paladar de aquel placer salado, así como de sazonar unos trozos grasientos de pollo frito que guardaba siempre bajo la almohada para emergencias como aquella.

La edad adulta es un momento de phelicidad, prosperidad y abundancia para cualquier mujer. Es el momento en el que se desmantelan todas las restricciones nutricionales y una puede abandonarse a la satisfacción hedonista al completo, al engordamiento definitivo, a rendir culto al Bocado Infinito y a la hadoración Gordoniana. La infancia no es más que un entrenamiento para estómagos, esófagos, intestinos, píloros, hiatos, rectos y esfínteres para poder soportar el auténtico festín hipercalórico que precede el mágico momento de la gestación, programada habitualmente sobre los cuatrocientos kilos de edad; aunque, por su procacidad, era muy probable que Lipithia llegase a ese peso sin haber aún florecido, en cuyo caso, tan excepcional como lo estaba siendo el resto de su existencia, además de un orgullo para la familia, continuaría su fase de cebe ilimitado hasta su primera menstruación.

Pero Lipithia no quería ser especial. De alguna manera intuía que si superaba las gestas del Maestro Gordo, si con su avaricia y su gula confrontaba la Phe Gordoniana, su vida no sería tan plácida como la de sus compañeras. Probablemente tendría que verse enfrentada a acólitas y feligresas que implorarían su bendición, ceremonias que dirigir, bebés varones que engullir e interminables rituales de apareamiento a los que asistir. Lipithia no quería la gloria, solo quería hartarse a comer como cualquier otra mujer normal.

Y justo después de la celebración de sus noventa lunas, cuando la revelación de su peso se convirtió en proyecto de leyenda, se le ocurrió cómo podía escaparse de aquel destino tan poco halagüeño. Si no le quitaba el récord a San Gordón dejaría de ser una niña extraordinaria para pasar a ser una mujer normal. Para ello se propuso algo que jamás nadie antes se había propuesto, al menos desde que se tiene registro, desde la época del Gran Banquete: no engordar más. Hasta las cien lunas, por lo menos.

El Hambre le estaba provocando tanta infelicidad que le resultaba físicamente dolorosa, pero la determinación de Lipithia era firme y había reducido a más de la mitad todas sus ingestas.

Volvió la seca acarreando una bandeja y a Lipithia, que se apresuró a apurar relamiendo los restos perlados de las lágrimas en sus mejillas, le pareció que había crecido. ¿Habría estado aquella desagradable criatura, afanando restos de comida de la cocina? Lipithia, que nunca había sido particularmente compasiva descubrió que dentro de ella nacía una emoción nueva, la crueldad, que se entretuvo en saborear como exquisitez.

El batido de chocolate, rebosante hasta la tensión superficial, directamente del vaso de la batidora de mano de dos litros y medio de capacidad, desapareció tras un trago largo y profundo que le provocó a la niña unos minutos de pérdida de resuello por el esfuerzo anaeróbico. Aquello había sido lo más parecido al deporte que Lipithia había practicado en su vida.

El bocadillo chorreaba cascadas de queso teñido de rojo por el pimentón aceitoso del chorizo. La barra de pan de medio kilo cebada con varios centímetros de grosor fue menguando a cámara rápida entre los dedos violetas de la niña y sus fauces humeantes. Cuando solo quedaban un par de mordiscos, Lipithia puso en marcha su plan malvado. Fingiéndose saciada le ofreció los restos del bocadillo a la seca.

Nadie sabe qué comen las secas pero, desde luego, es evidente que jamás han probado el pan o el chorizo, ni mucho menos el queso.

La respiración de la seca se aceleró tanto que a simple vista se le podía tomar el pulso observándole los latidos del corazón palpitar a través del pecho. Las manos empezaron a sudarle y a temblarle, sus mejillas y sus orejas se enrojecieron y por un momento se olvidó del control de su esfínter y unas gotas de orín le ensuciaron las enaguas. Las pupilas se le dilataron tanto dentro de los ojos de besugo que Lipithia llegó a temer que fueran a explotarle dentro de la cabeza. Incluso acabó fantaseando con que parte del líquido ocular le salpicaba en la cara y que sabía a almejas a la marinera, a boquerones en vinagre, a calamares a la romana y a patatas fritas Lay’s a la vinagreta. Recordó el hambre y de buena gana se habría acabado de un mordisco los restos de bocadillo que le estaba ofreciendo a la seca pero tenía que mantenerse firme, aquel era su primer acto de crueldad y tenía que llevarlo hasta el final.

Nunca antes nadie le había ofrecido a una seca algo de comer y aquel acto, que pretendía ser un chiste desalmado, acabó siendo la semilla que acabaría cambiando para siempre la historia de la obesidad.

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Última edición por Ruttiger el 24 Jul 2020 08:11, editado 1 vez en total.
¿Quien es este tipo? escribió: 14 Nov 2019 17:39 Madre mía.

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Perro De Lobo
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Re: El Libro de Gordón

Mensaje por Perro De Lobo »

Oh.
He sido asaltado fieramente por la concupiscencia carnal

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Dolordebarriga
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Re: El Libro de Gordón

Mensaje por Dolordebarriga »

Ohhhhhhh!!!
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