Aunque debería darme vergüenza colgar aquí una historia escrita por la AI uno ya ha perdido la poca que le quedaba y he tomado la decisión de que éste es su lugar. ¿Qué es esto? Es un relato de una compañía medieval mercenaria que lucha por labrarse un presente en un mundo oscuro, fantástico y lleno de peligros. En realidad este relato va a ser el resultado de una partida al video juego "Battle Brothers" jugada en modo ironman (no se puede salvar la partida y por tanto no se pueden repetir errores).Battle Brothers es un videojuego de estrategia de gestión de escuadrón por turnos, bastante complicado y que no perdona los errores. Eso significa que la partida, y por lo tanto el relato no durará mucho. En el juego llevas a una compañía de mercenarios que debe ir aceptando contratos para ganar dinero y sobrevivir. con el paso del tiempo los compañeros mejoran y obtienen habilidades y ganas dinero con el que poder comprar mejores armas y armaduras. Todo este tipo de juegos pueden jugarse en un modo normal en el que cuando algo te sale mal vuelves a cargar la partida o en modo ironman en el que un único error puede dar al traste con toda la partida. A mí me gusta más jugar de esta segunda manera, si el juego es justo (y éste más o menos, lo es) y sentir la adrenalina de que cada momento puede ser el último.
He escogido un modo de juego en el que comienzas con una tropa considerable, doce hombres en vez de los tres normales, pero con muy poco dinero y casi sin armas y armaduras. A cada uno de los doce hombres/fichas le he dado el nombre de un forero y, marcado tanto por el propio árbol de características del juego como por mi libre albedrío he dotado de algo de personalidad a los personajes/fichas. Una vez dadas esas descripciones a la AI comienzo a jugar muy lentamente y a decirle a la AI que pasa en cada momento. Cada misión que acepto, cada arma que compro y en cada combate le explico a la AI movimiento a movimiento, acción a acción para que luego ella me monte la historia. Y con esos mimbres está saliendo esto:
LOS DESPOSEIDOS
Nace una compañía mercenaria
El tintineo de las monedas al salir de la bolsa fue el sonido más triste que Dolorcín había escuchado en mucho tiempo. Ciento veinticinco coronas por un hacha de mano, dos escudos de madera reforzados con hierro, dos horcas de miliciano y un bludgeon. Material de segunda mano, abollado y con el filo más romo que los dientes de una vieja, pero era todo lo que tenían.
Horum apestaba a pescado podrido y a humedad. El pequeño puerto crujía bajo las olas mansas, y el mercado local era poco más que un par de puestos con toldos raídos donde los pescadores vendían lo que no se habían podido comer. Los Desposeídos avanzaron por el barro de la calle principal, con el estandarte de la Reina Llorona ondeando al viento, y los vecinos de Horum no tardaron en asomarse a las puertas de sus casas. No era una procesión de héroes, sino una comparsa de espantapájaros con armas oxidadas.
Rianxeira alzó la mano, y la columna se detuvo. El Capitán miró a los suyos, consciente de que la compra había dejado las arcas casi vacías: seiscientas nueve monedas. Suficiente para unos días más de provisiones y poco más. Pero ahora, al menos, los desarmados llevaban algo con lo que golpear.
—Mayhem, ese hacha no es un juguete, es un filo. No vayas a cortarte tú solo, que bastante tenemos con la herida de Rutti —gruñó el Capitán, aunque su mirada se detuvo un instante en el pañuelo de la calva de Chicopino, como si dudara de que aquel hombre fuera a recordar de qué lado estaba el filo.
Mayhem asintió, sopesando el hacha con una expresión de absoluta desconfianza. Era la primera arma que portaba en su vida, y probablemente la primera que no sabía cómo usar. Se ajustó el escudo al brazo, sintiendo el peso muerto de la madera, y se preguntó cuántas veces tendría que levantar aquel escudo antes de que su cuerpo aprendiera a hacerlo solo. Las dudas, como siempre, le comieron por dentro.
Dunker, en cambio, recibió el bludgeon con una sonrisa boba. El acero en la punta le daba un aire de autoridad que no poseía.
—¡Esto sí que es un arma de hombres sensatos! —exclamó, con esa convicción ciega que solo él tenía—. Un buen golpe en el centro de la cabeza, y el problema se acabó.
Nadie le corrigió. Para qué.
Corleone tomó una de las horcas. La sostuvo en alto, dejando que el sol de la tarde se reflejara en las tres puntas oxidadas, y no pudo evitar soltar un comentario:
—Bonito tridente. Lástima que no sepa si clavar o rastrillar el estiércol.
Tonetti, que ya llevaba su propia horca de molinero, le miró de reojo y masculló algo sobre los charlatanes que hablan cuando deberían temblar.
Criadillas, el bueno de Criadillas, recibió su horca con las manos temblorosas. No porque tuviera miedo, sino porque apenas veía el mango. Acarició la madera como si fuera una reliquia y sonrió a los demás.
—Bueno, al menos ahora puedo defenderme. Aunque no sé si con esta miopía voy a darle a algo que no sea la Reina Llorona del estandarte.
La banda rio, una risa breve y cansada que se perdió entre las redes de los pescadores y el olor a salitre.
Rianxeira, al ver a sus hombres equipados —mal equipados, pero equipados al fin y al cabo—, se volvió hacia el cartel de anuncios del mercado, donde los contratos se clavaban con chinchetas oxidadas. Sabía que en cualquier momento aparecería el alguacil o algún aldeano desesperado con una bolsa de monedas y una historia de terror. Y sabía, con la certeza del que ha sobrevivido a una masacre, que Los Desposeídos tendrían que aceptar lo primero que se pusiera a su alcance.
La Reina de los Desposeídos les observaba desde la tela, con su lágrima negra, como si supiera que el primer contrato de Horum no iba a ser un paseo por la pradera.
—Bien —dijo el Capitán, ajustándose el gorro de cuero—. Ahora busquemos quién necesite que le quitemos una espina del pie. Y que la Reina nos pille confesados.
El contrato de Reindhard. Diez coronas por cabeza y seiscientas al llegar. Un total de setecientas veinte coronas. Para un grupo de campesinos con las arcas temblando, era una fortuna. Pero el precio era alto: dos días de camino por las Praderas del Roble, custodiando una caravana que probablemente fuera lenta, pesada y vulnerable. Y, sobre todo, un camino donde cualquier cosa podía salir de entre los árboles.
El burgomaestre de Horum, Reindhard, era un hombre de barba rala y manos sudorosas que hablaba demasiado rápido, como si temiera que los Desposeídos se echaran atrás. No era un noble, ni un señor de la guerra; era un pescador con ínfulas de comerciante que había invertido hasta el último céntimo en aquella caravana. Llevaba harina, salazones, redes remendadas y algunas herramientas de hierro. Poca cosa, pero lo suficiente para atraer a los saqueadores, a los lobos o a algo peor.
—Dos días, ni más ni menos —dijo Reindhard, secándose el sudor de la frente con un pañuelo sucio—. El camino está tranquilo. Hace semanas que no se ve a los bandidos. Solo hay que mantener los ojos abiertos y las armas a mano.
Rianxeira asintió, aunque no le creyó ni una palabra. Los caminos nunca están tranquilos. La tranquilidad es un cuento que se les cuenta a los mercenarios novatos antes de enviarlos a la muerte.
—Aceptamos —dijo el Capitán, escueto, con la voz firme—. Pero si la caravana se atasca, si los bueyes se paran o si los saqueadores aparecen, no vamos a luchar por diez coronas. Nuestro precio es nuestro precio, pero no somos carne de cañón.
Reindhard parpadeó, como si no esperara aquella respuesta. Luego asintió, nervioso.
—Sí, sí, por supuesto. Los contrataré. Y les pagaré al llegar a Attendort. Les doy mi palabra.
La palabra de un burgomaestre de pueblo. Lo único que tenían.
La caravana se puso en marcha al amanecer, con el sol asomando por entre los robles y el rocío empapando las botas de los Desposeídos. Reindhard iba al frente, montado en un rocín viejo y terco, y detrás de él, los carros cargados con fardos mal atados y bueyes de paso lento. Los doce mercenarios se desplegaron a los lados, con las armas listas y la mirada inquieta.
Dolorcín, con su horca al hombro, caminaba junto a Rutti, que se quejaba del dolor de su herida autoinfligida. El cronista no le hacía mucho caso; estaba demasiado ocupado mirando los árboles, los setos, las sombras que se alargaban al borde del camino. Mayhem, con su hacha y su escudo, se mantenía cerca del Capitán, aunque sus ojos no dejaban de parpadear, dudando de cada arbusto. Kaka's el Ratón, con su asma silbando, se quedaba rezagado, y Criadillas, con su horca nueva, tropezaba cada dos pasos.
Corleone, fiel a su naturaleza, no callaba. Comentaba el color del cielo, la forma de las nubes, el olor de los bueyes, la lentitud de la caravana. Tonetti le reprochaba cada palabra, y Wendy, desde el centro de la formación, intentaba poner paz cantando una tonadilla desafinada.
—Esto es un paseo —dijo Dunker, con su bludgeon apoyado en el hombro—. Un paseo tranquilo. Ya veréis como no pasa nada.
El Capitán Rianxeira, desde la vanguardia, se giró un instante. Su mirada se posó en el bosque, en la espesura, y un escalofrío le recorrió la espalda. No era un saqueador lo que temía. Era algo peor. Algo que no se anunciaba con gritos ni con armas.
—No cantéis victoria —murmuró, apretando el mango de su hacha—. Que la Reina Llorona nos proteja.
La caravana de Reindhard se movía como un animal viejo y achacoso. Dejamos atrás Konigsland al caer la primera tarde, con sus tejados de pizarra y sus campanarios mudos. El burgomaestre, sudoroso y parloteando sin parar, había pagado por adelantado las diez coronas por cabeza, y el tintineo de aquel metal en nuestras bolsas era el único consuelo que teníamos.
Aquella noche, mientras la caravana se detenía y los bueyes resoplaban en la penumbra, Los Desposeídos se reunieron alrededor de una pequeña hoguera. Rianxeira, con su gorro de cuero calado hasta las cejas y la mirada perdida en la oscuridad del bosque, fue el primero en hablar.
—Diez coronas son un chiste —dijo el Capitán, escupiendo en el fuego—. Si volvemos a Horum con las manos vacías, seremos la misma comparsa de muertos de hambre que éramos ayer. Tenemos que hacernos un nombre. Un nombre que haga que los burgomaestres nos paguen sin mirarnos por encima del hombro.
—¿Y cómo lo propones? —preguntó Dolorcín, afilando una de las puntas de su horca con una piedra. El cronista miraba a su hermano Rutti, que se apretaba la herida en el muslo con una mueca, y sabía que el chico no aguantaría una batalla campal contra hombres.
—Cazando bestias —respondió Rianxeira, con una frialdad que no ocultaba el temblor de sus manos—. Lobos, arañas, osos... Lo que sea que aterrorice a las aldeas. Los campesinos pagarán con gusto por librarse de los depredadores. Y a nosotros nos viene bien...
No terminó la frase. Todos sabíamos que la milicia del pueblo, el verdadero ejército, no nos respetaría hasta que viéramos sangre.
Mayhem, con su nuevo escudo apoyado en las rodillas, asintió con su habitual cara de duda. Kaka's el Ratón tosió, su asma silbando en el aire frío de la noche. Tonetti, el cínico, masculló algo sobre que las bestias no pagaban en monedas, pero Wendy, con su laúd, ya estaba tarareando una canción de cazadores, y Criadillas le dio una palmada en la espalda al Capitán, ciego pero entusiasta.
Al amanecer del segundo día, seguimos el camino. Pasamos por Seedock sin detenernos siquiera a beber agua. La villa olía a pescado seco y a redes podridas, pero no teníamos tiempo ni dinero que gastar en tabernas. La caravana continuaba, pesada y lenta, y el paisaje se abría en praderas interminables de hierba alta y robles solitarios. Corleone, fiel a su naturaleza, no calló ni un momento; habló del color del cielo, de la calidad del estiércol de los bueyes y de lo mal que cantaba Wendy. Dunker, por supuesto, encontró la manera de discutir con él sobre si el camino era más corto por el bosque o por el arroyo.
Al final del segundo día, acampamos bajo un cielo limpio, sin una sola nube. No hubo lobos. No hubo saqueadores. Solo el viento entre los robles y el ronquido descomunal de Corleone, que ahuyentó a cualquier alimaña que se atreviera a acercarse.
Al mediodía del tercer día, las casas de Attendort se alzaron en el horizonte. Unas casas de piedra, más altas que las de Konigsland, con un mercado bullicioso y un olor a pan recién horneado que nos hizo salivar. La caravana cruzó la puerta sin que nadie nos detuviera, y Reindhard, sudoroso y aliviado, nos pagó las seiscientas coronas restantes con manos temblorosas.
—Buen viaje —dijo el burgomaestre, sin mirarnos a los ojos—. Si alguna vez necesitan trabajo... ya saben dónde encontrarme.
No hubo aplausos. No hubo abrazos. Solo el silencio de doce desposeídos contando sus monedas.
Mil noventa y ocho coronas. Noventa y siete raciones de comida. Dinero fácil. Un camino sin muertos.
La Reina Llorona, desde su estandarte, parecía mirarnos con algo que no era desprecio, sino una advertencia. Habíamos tenido suerte. Pero la suerte, en este mundo, siempre se acaba. Y ahora teníamos que demostrar que no éramos solo una milicia de campesinos con un estandarte bonito.
—Bien —dijo Rianxeira, guardándose la bolsa en el cinturón—. Busquemos un sitio donde dormir. Y mañana... mañana preguntaremos por las bestias.
La taberna de Attendort olía a cerveza agria, a leña húmeda y a humanidad. Después de tres días de caminar junto a bueyes y fardos de salazón, una jarra de cerveza de cebada sabía a gloria bendita. Los Desposeídos ocuparon una mesa larga al fondo del local, con el estandarte de la Reina Llorona apoyado contra la pared.
Wendy, por supuesto, exigió su ración doble y se la comió sin remordimientos. Criadillas contó un chiste malo que hizo reír hasta a Tonetti, aunque el molinero lo negó después. Corleone habló sin parar de lo buena que estaba la cerveza, de lo mal que olía el tabernero y de lo mucho que le recordaba a su pueblo. Dunker, en un momento de inspiración, propuso brindar por el futuro de la compañía, y por un instante, entre el ruido de las jarras y las risas cansadas, parecía que éramos algo más que un puñado de campesinos con suerte.
El Sargento Beaker, siempre metódico, pagó las cincuenta y seis coronas de la ronda y luego deslizó diecinueve más al tabernero, un hombre flaco con un delantal grasiento.
—Rumores —dijo Beaker, con su acento extraño—. ¿Qué se cuece por aquí?
El tabernero se encogió de hombros. Habló de un comerciante que había perdido un carro en el páramo, de una viuda que juraba haber visto luces en el bosque, de un perro que había parido seis cachorros. Nada útil. Nada que oliera a monedas.
Al día siguiente, con las heridas ya cerradas y el ánimo renovado, Rianxeira se presentó en el Gremio de Attendort. El Maestro del Gremio, Anselm, era un hombre de dedos manchados de tinta y mirada nerviosa. Les recibió en una sala llena de pergaminos y polvo, y les habló de un robo. Un grupo de bandidos había asaltado el Gremio y se había llevado un tomo de conocimiento arcano. Un artefacto de valor incalculable, dijo, para él y para el pueblo.
—¿Y cuánto ofrecéis? —preguntó Dolorcín, dando un paso al frente. El cronista, con su túnica de lino y su horca al hombro, no parecía impresionado.
—Doscientas ochenta coronas —respondió Anselm, con un hilo de voz.
Dolorcín soltó una carcajada seca, la clase de risa que no tiene nada de gracia.
—Doscientas ochenta coronas por un artefacto de valor incalculable. Vamos a arriesgar nuestras vidas, Maestro. Trescientas diez. Y ni una menos.
Anselm parpadeó, sudó, y al final asintió.
—Trescientas diez. Pero traedlo de vuelta. Sin excusas.
Rianxeira aceptó el contrato con un gesto seco de cabeza.
—Preparad las armas —dijo a los suyos—. Esto no es una caravana. Esto es nuestro primer combate de verdad.
El grupo salió del Gremio en silencio. Mayhem, con su hacha y su escudo, miraba al suelo. Kaka's el Ratón tosía, nervioso. Golondrino apretaba el mango de su cuchillo de carnicero. Tonetti, con su horca al hombro, ya estaba refunfuñando sobre el barro del páramo. Pero nadie se echó atrás.
La Reina Llorona les observaba desde el estandarte, con su lágrima negra y su corona torcida. El primer combate estaba cerca. Y esta vez, no habría bueyes ni burgomaestres que les protegieran. Solo el acero y la sangre.
La taberna de Attendort olía a cerveza agria, a leña húmeda y a humanidad. Después de tres días de caminar junto a bueyes y fardos de salazón, una jarra de cerveza de cebada sabía a gloria bendita. Los Desposeídos ocuparon una mesa larga al fondo del local, con el estandarte de la Reina Llorona apoyado contra la pared.
Wendy, por supuesto, exigió su ración doble y se la comió sin remordimientos. Criadillas contó un chiste malo que hizo reír hasta a Tonetti, aunque el molinero lo negó después. Corleone habló sin parar de lo buena que estaba la cerveza, de lo mal que olía el tabernero y de lo mucho que le recordaba a su pueblo. Dunker, en un momento de inspiración, propuso brindar por el futuro de la compañía, y por un instante, entre el ruido de las jarras y las risas cansadas, parecía que éramos algo más que un puñado de campesinos con suerte.
El Sargento Beaker, siempre metódico, pagó las cincuenta y seis coronas de la ronda y luego deslizó diecinueve más al tabernero, un hombre flaco con un delantal grasiento.
—Rumores —dijo Beaker, con su acento extraño—. ¿Qué se cuece por aquí?
El tabernero se encogió de hombros. Habló de un comerciante que había perdido un carro en el páramo, de una viuda que juraba haber visto luces en el bosque, de un perro que había parido seis cachorros. Nada útil. Nada que oliera a monedas.
Al día siguiente, con las heridas ya cerradas y el ánimo renovado, Rianxeira se presentó en el Gremio de Attendort. El Maestro del Gremio, Anselm, era un hombre de dedos manchados de tinta y mirada nerviosa. Les recibió en una sala llena de pergaminos y polvo, y les habló de un robo. Un grupo de bandidos había asaltado el Gremio y se había llevado un tomo de conocimiento arcano. Un artefacto de valor incalculable, dijo, para él y para el pueblo.
—¿Y cuánto ofrecéis? —preguntó Dolorcín, dando un paso al frente. El cronista, con su túnica de lino y su horca al hombro, no parecía impresionado.
—Doscientas ochenta coronas —respondió Anselm, con un hilo de voz.
Dolorcín soltó una carcajada seca, la clase de risa que no tiene nada de gracia.
—Doscientas ochenta coronas por un artefacto de valor incalculable. Vamos a arriesgar nuestras vidas, Maestro. Trescientas diez. Y ni una menos.
Anselm parpadeó, sudó, y al final asintió.
—Trescientas diez. Pero traedlo de vuelta. Sin excusas.
Rianxeira aceptó el contrato con un gesto seco de cabeza.
—Preparad las armas —dijo a los suyos—. Esto no es una caravana. Esto es nuestro primer combate de verdad.
El grupo salió del Gremio en silencio. Mayhem, con su hacha y su escudo, miraba al suelo. Kaka's el Ratón tosía, nervioso. Golondrino apretaba el mango de su cuchillo de carnicero. Tonetti, con su horca al hombro, ya estaba refunfuñando sobre el barro del páramo. Pero nadie se echó atrás.
La Reina Llorona les observaba desde el estandarte, con su lágrima negra y su corona torcida. El primer combate estaba cerca. Y esta vez, no habría bueyes ni burgomaestres que les protegieran. Solo el acero y la sangre.
La primera sangre
El sol se había rendido hacía horas, y el páramo se había tragado la poca luz que quedaba. Las colinas, cubiertas de maleza seca, crujían bajo las botas de Los Desposeídos. Habían seguido el rastro de los ladrones durante todo un día, forzando el paso, con el estómago vacío y el ansia de las trescientas diez coronas ardiendo en el pecho. Cuando por fin divisaron a los siete forajidos refugiados en una granja en ruinas, el Capitán Rianxeira no dudó.
Desplegó a sus hombres en dos líneas en la penumbra: en la vanguardia, el muro de escudos y armas cortas, con Mayhem en un extremo, seguido de Rianxeira, Kaka's, Criadillas, Golondrino, Dunker y el Doctor Beaker. Detrás, como una segunda fila de púas letales, aguardaban Dolorcín, Rutti, Corleone, Tonetti y Wendy con sus horcas y rastrillos.
Los ladrones no eran soldados, pero sí eran asesinos. Al ver a la milicia harapienta, se lanzaron a la carrera. Tres de ellos, con espadas cortas y sin escudo, buscaban el cuerpo a cuerpo; los otros cuatro, más cautos, avanzaron con escudos y un verdugo al frente que portaba una gran hacha a dos manos.
El primer choque fue brutal, pero descoordinado. Kaka's el Ratón, con su asma silbando y el pecho ardiendo, fue el primero en cargar, fallando su golpe en el aire nocturno. Dunker, "el hombre sensato", avanzó tras él y su bludgeon se estrelló contra el vacío. Pero la marea de Los Desposeídos no se detuvo. Criadillas, guiado más por el instinto que por sus ojos miopes, vio la silueta del enorme verdugo y lanzó su red. La malla se abrió en el aire como una araña y cayó sobre el arma y el torso del matón, inmovilizándolo. El enemigo más peligroso quedaba atrapado, por ahora.
Golondrino, el carnicero, encontró a su primera víctima. Su cuchillo de trocear carne desgarró la túnica de cuero de un bribón, sin hacerle sangre, pero dejándolo expuesto. Dolorcín, desde la segunda línea, no desaprovechó la oportunidad. Con un gruñido, clavó las tres puntas de su horca en la cabeza del forajido. Fue la primera sangre de la noche. Tonetti remachó el golpe hundiendo su propia horca en el cráneo del mismo hombre, dejándolo con un hilo de vida.
El Doctor Beaker flanqueó al enemigo de Dunker y le propinó un mazazo seco en la sien que lo dejó atontado. Wendy, el trovador, aprovechó el mareo del bandido para arponearlo en el pecho, atravesando las costuras de su armadura. Rianxeira y Mayhem fallaron sus golpes; la noche era traicionera, y el miedo, un lastre. Corleone, viendo que la honda era inútil en aquella oscuridad, la guardó y avanzó con su rastrillo para sumarse al muro de púas.
Los forajidos intentaron responder con saña. Uno de ellos avanzó contra Mayhem y le abrió una fea herida en el costado. Otro se abalanzó sobre Kaka's, hundiéndole la espada en la carne y haciéndole sangrar profusamente. Criadillas recibió un mazazo en la cabeza que lo dejó atontado, pero antes de que el matón pudiera rematarlo, Golondrino se lanzó sobre él. El carnicero buscó el cuello del bandido; el primer tajo lo dejó al borde de la muerte, y el segundo, a un suspiro de la tumba.
La respuesta de Los Desposeídos fue implacable. Criadillas, sacudiéndose el aturdimiento, persiguió al bribón malherido que intentaba huir y le partió el cráneo de un palazo. Corleone ensartó con sus tres puntas al enemigo que Beaker había atontado. Dunker y Beaker doblegaron a otro, y el "hombre sensato" acabó con él de un garrotazo en la cabeza. Kaka's, sangrando pero letal, aprovechó la distracción de Rutti —que falló su ataque pero desconcertó al rival— para cercenarle la cabeza de un solo tajo.
El precio se estaba cobrando. El forajido que había herido a Kaka's era un veterano, un hombre con cicatrices en la cara. Se volvió hacia Rianxeira, que se había interpuesto para proteger a Mayhem, y le hundió la espada en el costado. El Capitán gruñó, pero no cayó. Mayhem, viendo a su líder herido, atacó con furia el escudo del veterano y, de un hachazo brutal, lo rompió en pedazos.
Para entonces, el verdugo del hacha había logrado liberarse de la red de Criadillas. Tonetti, manteniendo la distancia, le lanzó una estocada con su horca que le hizo poca sangre, pero le impidió contraatacar. El Sargento Beaker intentó detenerlo con un garrotazo, pero falló. El verdugo, viendo caer a sus compañeros uno tras otro y sintiendo el frío de la noche en la nuca, tomó una decisión: esquivó a Beaker, dio media vuelta y se perdió en la oscuridad del páramo. Enemigo que huye, puente de plata.
Solo quedaba uno en pie. Un bribón ileso pero sin escudo, con la mirada perdida entre el acero de Los Desposeídos y la huida de su compañero. No se rindió. Golpeó a Rianxeira con su espada, pero el escudo del Capitán absorbió el impacto. Fue su único error. Al quedar descubierto, Mayhem se abalanzó sobre él. El hacha de mano, que hasta hacía unas horas era un simple objeto de segunda mano en Attendort, silbó en el aire. Dos golpes secos, brutales, sin elegancia, pero con la eficacia de un hombre que quiere vivir. El forajido cayó al suelo con el cráneo partido.
El silencio que siguió fue mucho más pesado que el ruido del combate. Solo se oía el viento entre la maleza seca y la respiración agitada de los supervivientes. Los Desposeídos habían ganado. Pero la victoria olía a hierro, a sudor y a sangre nueva.
Rianxeira bajó el escudo, jadeando, con la carne abierta en el costado. Mayhem apretaba los dientes, ignorando su propia herida. Criadillas parpadeaba, todavía atontado, y Kaka's el Ratón estaba sentado en el suelo, pálido como la cera, con el pecho silbando tan fuerte que parecía que se le iba a salir del cuerpo.
—Registrad los cuerpos —ordenó Beaker, limpio de polvo y sangre—. Rápido. Antes de que algo más huela la carroña.
La cosecha fue modesta: un garrote, dos bludgeons reforzados, un cuchillo de carnicero, una túnica gruesa de lana y un mayal reforzado de madera. El sexto forajido yacía en un charco de sangre oscura; se había desangrado en silencio.
—No... no puedo caminar muy rápido —tosió Kaka's, escupiendo un poco de sangre.
Rianxeira se limpió la mano en la túnica y miró al este, donde la oscuridad empezaba a teñirse de un azul grisáceo.
—No hace falta que corras, Ratón. Volvemos a Attendort. Despacio. Pero vivos.
Dolorcín cerró su cuaderno. Había garabateado los nombres, los golpes, las heridas. Y al mirar a su hermano Rutti, que seguía entero, sintió una punzada de alivio. La Reina Llorona ondeó en lo alto, manchada de barro y sangre. Los Desposeídos habían cobrado su primera sangre. Y el páramo, por esta noche, les había dejado marchar.
La noche de las colinas no había terminado. Cuando la sangre aún goteaba de las horcas y el barro se pegaba a las botas, el páramo les mostró una nueva cara.
De entre la maleza seca y los robles retorcidos surgió una silueta. Un hombre envuelto en una capa oscura, con el rostro oculto bajo una capucha. No olía a saqueador, ni a mercenario. Olía a aceite, a viejos secretos y a algo profundamente desagradable. Se movía con la calma de quien sabe que no va a ser atacado, como si la batalla que acababan de librar no hubiera sido más que un espectáculo para él.
—Habéis luchado bien —dijo el siniestro personaje. Su voz era suave, casi untuosa—. Y os habéis quedado con el premio. Ese tomo que lleváis en el saco.
Rianxeira, con la mano aún apretando el hacha y la herida del costado ardiendo, se volvió hacia él.
—Es propiedad del Gremio de Attendort. El Maestro Anselm pagará por él.
El hombre rio, una risa breve y sin alegría.
—Anselm es un avaro. Os pagará trescientas diez monedas. Yo, en cambio, os ofrezco quinientas. Ahora mismo. Sin preguntas, sin contratos y sin esperas. —Hizo una pausa, dejando que el peso de las quinientas monedas flotara en el aire—. Todo lo que tenéis que hacer es entregármelo. Y os olvidaré. Os olvidaré a todos.
Los Desposeídos dudaron. Era inevitable. Kaka's, pálido y sangrando, alzó la mirada. Mayhem apretó el escudo, pensando en su herida. Dolorcín miró a su hermano Rutti y, por un instante, los ojos de todos se encontraron. Quinientas monedas. Casi el doble de lo que les pagaba Anselm. La diferencia entre comprar una armadura decente o seguir siendo una banda de espantapájaros con horcas.
Pero Rianxeira no dudó. Se adelantó, con el hacha en la mano y la mirada firme.
—Lo que aceptamos lo cumplimos —dijo, con la autoridad de un capitán que sabe que su palabra es lo único que le queda—. Busca a otro para tus tratos sucios. Nosotros no somos ladrones.
El siniestro personaje se quedó en silencio un momento. La capucha ocultaba su rostro, pero la tensión en sus hombros delataba la furia contenida.
—Sois unos necios —susurró, con un desprecio que helaba la sangre—. Necios y muertos de hambre. Pero no os preocupéis... nos volveremos a ver. Y entonces, os arrepentiréis de no haber aceptado mis monedas.
Dio media vuelta y se perdió en la espesura, como si el páramo se lo hubiera tragado. Nadie intentó detenerlo. El agotamiento, las heridas y el peso de la primera batalla pesaban demasiado.
—Capitán —dijo Dolorcín, con la pluma quieta en su cuaderno—. ¿Cree que lo decía en serio?
Rianxeira se ajustó el escudo astillado y miró hacia Attendort.
—Si lo decía o no, ya no importa. Cumplimos con el Gremio, nos pagan y luego... —se tocó la herida del costado y una mueca de dolor le cruzó el rostro—. Luego buscaremos un sitio donde dormir. Vámonos.
La Reina Llorona, desde el estandarte, pareció mirarles con un atisbo de respeto mientras la banda se alejaba de las colinas. La noche se cerraba sobre los cuerpos de los seis forajidos, y sobre un hombre misterioso que, por ahora, se alejaba con las manos vacías. Pero Los Desposeídos habían hecho lo que había que hacer.
El amanecer en Attendort trajo consigo el olor a pan recién hecho y el inconfundible tintineo de las monedas. El Maestro Anselm recibió el tomo de conocimiento arcano con manos temblorosas, casi llorando de alivio, y pagó las trescientas diez coronas sin rechistar. Los Desposeídos dejaron de ser unos muertos de hambre para convertirse en una banda con fondos, cicatrices y una historia que contar.
La mañana transcurrió entre el barro del mercado y el ruido de los herreros. El botín de la granja se transformó rápidamente. Criadillas, con la mirada aún algo perdida por el mazazo de la noche anterior, se deshizo de su viejo garrote de palo y se equipó con uno de los bludgeons reforzados que habían arrancado de las manos frías de los forajidos. Además, se ajustó el escudo mediano recuperado, sintiendo por fin un poco de seguridad en su brazo ciego.
Kaka's el Ratón, pálido y con la respiración aún silbante, se enfundó la túnica gruesa de lana. No era una armadura de placas, pero al ser el único de la primera línea sin un escudo que le cubriera, aquella prenda raída era la diferencia entre un rasguño y una hemorragia. El Sargento Beaker, siempre pragmático, cambió su fiel maza por el mayal reforzado de madera que habían encontrado; un arma con más alcance y una pegada brutal.
Vendieron los restos inservibles —la vieja camisola agujereada de Kaka's y los garrotes de madera barata— y, casi por instinto comercial, compraron tres tarros de hidromiel. En un pueblo asolado por el miedo, el alcohol siempre se vendía bien.
Con las compras hechas y las heridas vendadas a la carrera, no había razón para quedarse. La taberna de Attendort les recibió una vez más. Las jarras de cerveza de cebada chocaron sobre la mesa de madera, derramando un poco de espuma.
—¡Por la primera sangre! —exclamó Wendy, con su laúd en el regazo y la garganta preparada.
—Por la Reina Llorona, que nos mantuvo con vida —gruñó Tonetti, bebiendo a grandes tragos.
—Y por el idiota del siniestro personaje —añadió Corleone, sin callarse ni debajo del mostrador—, que se quede con sus quinientas monedas y se las meta donde le quepan.
Rieron. Fue una risa cansada, con el eco de los golpes y el acero todavía en los oídos, pero fue una risa sincera. Habían sobrevivido. Habían cobrado. Y habían mantenido su palabra.
Rianxeira pagó la ronda, apuró su jarra y se puso en pie. La herida del costado le dolía, pero la adrenalina y la cerveza hacían maravillas.
—Recoged las cosas —dijo el Capitán, ajustándose el gorro de cuero—. Attendort ya nos ha dado todo lo que tenía. Es hora de buscar nuestro siguiente destino.
Los Desposeídos salieron de la taberna, con el estandarte ondeando al viento, las bolsas algo más llenas y las armas un poco mejores. El camino les esperaba. Y la Reina, desde su tela manchada, parecía observarles con curiosidad, preguntándose a dónde les llevaría su suerte la próxima vez.
Los Desposeidos
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Los Desposeidos
POR DESGRACIA YA SE ME PASÓ LA INDIGNACIÓN. DE UN TIEMPO A ESTA PARTE TODO ME VALE VERGA. MAL, TODO MAL.
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Re: Los Desposeidos
Camino a Seedock
El día cuarto de las crónicas de Los Desposeídos amaneció con el cielo cubierto y un viento frío que anunciaba que el otoño no tardaría en mostrar los dientes. Nadie se quejó cuando Rianxeira dio la orden de desandar el camino hacia Seedock. La ruta que habían recorrido custodiando la caravana de Reindhard había sido tranquila, casi un paseo, y después de la carnicería en las colinas, nadie tenía prisa por buscar nuevas emociones. La Reina Llorona ya les había sonreído una vez; tentar al destino era una estupidez.
El camino de vuelta se les hizo extrañamente largo. Las botas pesaban más, el barro se pegaba con más saña, y las heridas de la noche anterior —la carne abierta en el costado de Rianxeira, el pecho silbante y sangrante de Kaka's— palpitaban con cada paso. Avanzaban con la guardia alta, las horcas al hombro y los ojos escudriñando cada robledal, cada seto, cada sombra.
Y entonces, a lo lejos, entre la maleza, vieron siluetas. Un grupo de bandidos, quizá cinco o seis. Eran menos que Los Desposeídos, pero estaban sanos, sin heridas, y tenían la mirada de los depredadores. Rianxeira se detuvo en seco y levantó el puño.
—Nada de héroes —ordenó el Capitán en voz baja, apretando el mango de su hacha—. Kaka's y yo apenas podemos levantar los brazos. Si hay pelea, alguien va a morir de verdad.
Los ladrones, al otro lado del sendero, también se detuvieron. Se miraron entre ellos, evaluando al grupo de campesinos con estandarte y armas de segunda mano. Vieron el bludgeon de Criadillas, las horcas de la segunda línea, el mayal de Beaker. Y, quizás, vieron la sangre seca en las ropas, la cicatriz de la batalla reciente. Fuese por lo que fuese, los bandidos decidieron que el botín no merecía la pena. Se giraron y se perdieron entre los árboles, sin decir una palabra.
El suspiro de alivio que recorrió la formación fue casi audible. Wendy, por una vez, no cantó. Corleone, milagrosamente, se calló durante al menos un cuarto de hora.
Al atardecer, las primeras casas de Seedock aparecieron en el horizonte. La villa olía a pescado seco y a redes podridas, tal y como la recordaban. Los tenderetes del mercado estaban cerrados, los postigos de las ventanas, echados, y las pocas gentes que se cruzaron con ellos les miraron con la desconfianza que se dedica a los forasteros armados. No había nada que comprar, nada que vender.
—No vamos a gastar lo que hemos ganado con el sudor de nuestra sangre en una cama dura y un caldo aguado —dijo Rianxeira, con la sensatez que le caracterizaba—. Montamos el campamento a las afueras. Con las hogueras y los turnos de guardia de siempre.
La noche los acogió en un pequeño claro, rodeado de robles y con la silueta del pueblo a lo lejos. Las hogueras se encendieron con chispas y el crepitar de la leña húmeda. Las provisiones se racionaron, las heridas se limpiaron con agua del arroyo y trapos viejos. Criadillas, que apenas veía más allá de sus narices, se ofreció a montar el primer turno de guardia; total, de noche no vería nada de todos modos.
Dolorcín, sentado junto al fuego, abrió su cuaderno y comenzó a escribir. La pluma raspaba el papel con un sonido seco. Anotó el encuentro con los bandidos, la decisión del Capitán, la llegada a Seedock. Y mientras escribía, la Reina Llorona, clavada en el estandarte, parecía observar el campamento con su lágrima negra, como si supiera que el descanso de Los Desposeídos no iba a durar mucho.
El quinto día amaneció con el cielo aún gris y una humedad que se pegaba a los huesos. Los Desposeídos no perdieron el tiempo. Las heridas de Rianxeira y Kaka's seguían supurando, pero el barbero de Seedock, un hombre de dedos rápidos y aliento a aguardiente, hizo lo que pudo por limpiarlas y cerrarlas con hilo de coser y una loción que olía a hierbas podridas. Dolió, pero el dolor significaba que seguían vivos.
En el mercado, entre el olor a salitre y a pescado, el grupo hizo sus tratos. El hidromiel comprado en Attendort desapareció de sus manos a cambio de un puñado de coronas. Con ese dinero, y algo más del fondo común, compraron un pequeño escudo de madera reforzada para Kaka's, que ya no tendría que confiar únicamente en su túnica de lana para sobrevivir a un golpe. También adquirieron un martillo, clavos y tiras de cuero para reparar los escudos astillados y las horcas dobladas, y raciones suficientes para tres días más.
Cuando las bolsas se cerraron, el balance era sombrío: 689 coronas. Para una banda que había estado a punto de morir en las colinas, aquella cifra sabía a poco. Necesitaban un trabajo, y lo necesitaban ya.
Fue el Sargento Beaker quien dio con él. A las afueras del mercado, un hombre llamado Hartbert leía un pergamino con el ceño fruncido. Vestía ropas de buen paño, aunque gastadas, y portaba una horca de tres puntas que parecía más ceremonial que práctica. Al ver a los mercenarios, les tendió el papel.
—Leed esto —dijo, con la voz ronca—. Si es que sabéis.
Dolorcín dio un paso al frente, tomó el pergamino y sus ojos recorrieron la lista. La caligrafía era difícil, pero los nombres eran peores. Hombres, mujeres, niños. Una letanía de muertos.
—No soy de por aquí —dijo el cronista, con voz sombría—, pero conozco una lista de fallecidos cuando la veo. ¿Cuándo ocurrió esto?
—La semana pasada —respondió Hartbert, asintiendo con pesadumbre—. Estamos en una mala situación. Demasiadas vidas perdidas. Creemos que es obra de criaturas salvajes. Bestias que escapan a nuestra capacidad de razonar. Obviamente, nos gustaría que fuerais a buscarlas y las destruyerais. ¿Estaríais interesados en semejante tarea, mercenarios?
Rianxeira se cruzó de brazos, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima. Su viejo miedo, ese que le erizaba la piel cada vez que escuchaba un aullido en el bosque, se retorció en su estómago. Pero miró a sus hombres, a sus heridas, a sus bolsas casi vacías.
—¿Qué está dispuesta a pagar Seedock? —preguntó el Capitán, con la voz firme a pesar del temblor en sus manos.
Hartbert no se anduvo con rodeos.
—Cuatrocientas noventa coronas en total. Cien por adelantado, y las otras trescientas noventa cuando el trabajo esté hecho.
El silencio se espesó. Cuatrocientas noventa coronas. Era más de lo que habían ganado en Attendort, y el pago por adelantado les permitiría comprar más provisiones o mejores armas. Pero cazar bestias no era lo mismo que matar a unos forajidos hambrientos. Las bestias no tenían escudos, ni miedo, ni sentido común.
Rianxeira miró a Dolorcín. El cronista asintió lentamente. Miró a Mayhem, que apretaba el mango de su hacha, y a Kaka's, que respiraba con dificultad pero sostenía la mirada. Los Desposeídos no tenían otra opción.
—Aceptamos —dijo el Capitán, tendiendo la mano—. Pero si esas bestias son demasiado para nosotros, no pienso sacrificar a mis hombres por cien coronas.
Hartbert estrechó la mano con firmeza.
—Hacéis bien. Os diré dónde han aparecido los cuerpos y hacia dónde se dirigían las huellas. Que la Reina Llorona os proteja... la necesitaréis.
El festín de las bestias
El rastro de las bestias los condujo hacia el norte, adentrándose en una zona de colinas bajas y pastizales altos que crujían bajo sus botas. El aire olía a hierba seca y a una putrefacción dulzona que se pegaba a la garganta.
A media mañana, la vanguardia se detuvo en seco. Entre la maleza, volcado y con las ruedas astilladas, había un carro de campesinos. Y a su alrededor, el festín.
Un cuerpo yacía boca abajo en el barro. Lo que quedaba de él no era un espectáculo para estómagos sensibles. La espalda había sido desgarrada con una violencia brutal, y las vísceras brillaban al sol, esparcidas como si alguien hubiera buscado algo dentro.
Kaka's el Ratón se llevó una mano al estómago, pero no por la repulsión, sino porque su propia herida, aún abierta y vendada con trapos sucios, palpitó con fuerza. El olor a sangre y a muerte le recordaba demasiado a la noche en las colinas.
Corleone, fiel a su naturaleza, se adelantó sin que nadie se lo pidiera. Miró el cuerpo, se rascó la barbilla y escupió una brizna de hierba.
—Le faltan los órganos. Habrá sido un lobo. O a lo mejor un conejo. ¿Qué? ¿Nunca habéis oído hablar de un conejo realmente hambriento?
Nadie rio. El Sargento Beaker le fulminó con la mirada.
—Las marcas —continuó Corleone, ignorando la tensión— no son de un conejo ni de un sabueso cualquiera. Eso es obra de algo... más grande. Más peligroso.
—Gracias por la clase de anatomía, Corleone —cortó Rianxeira, con la voz tensa. Su mirada no estaba en el cuerpo, sino en las huellas que se alejaban hacia los pastizales. Eran profundas, anchas, con garras que habían arañado la tierra. No era un lobo. Era algo con un peso colosal—. Vuelve a la formación. Y cierra la boca hasta que encontremos a la bestia.
El Capitán se giró hacia Kaka's. El Ratón seguía pálido, con el pecho silbando y la mano presionando su herida. No podía sujetar un escudo, ni mucho menos aguantar el choque de una criatura de aquel tamaño. Rianxeira desenganchó la honda del cinturón de Corleone y se la tendió a Kaka's.
—Tú te quedas en la segunda línea —ordenó—. Nada de cuerpo a cuerpo. Dispara desde la distancia y no dejes que te vean. Si esa cosa es lo bastante rápida para destripar a un hombre antes de que grite, no quiero que estés cerca de sus colmillos.
Kaka's asintió, tomando la honda con manos temblorosas. Al menos desde la retaguardia, su asma y su herida no serían una condena.
La banda reanudó la marcha, ahora en un silencio sepulcral. Las horcas apuntaban al cielo, los escudos se apretaban contra los pechos. Rianxeira caminaba al frente, con el hacha en la mano y el miedo a las bestias royéndole las entrañas. Pero no se detuvo.
El rastro los llevó hasta la entrada de una hondonada cubierta de niebla. Las huellas desaparecían entre los matorrales. Y desde el interior, llegó un sonido. Un crujido húmedo. Huesos quebrándose.
Los Desposeídos se detuvieron. La Reina Llorona, desde el estandarte, parecía llorar con más fuerza que nunca.
La hondonada olía a muerte. Cuando la niebla se disipó, no encontramos un oso ni un lobo, sino a los Nachzehrer. Monstruosidades de pelaje oscuro, garras como cuchillas y fauces capaces de arrancarle la cabeza a un hombre de un solo mordisco. Eran seis, y uno de ellos, el más grande, el que caminaba con la pesadez de un verdugo, era su líder.
Kaka's el Ratón, desde la retaguardia, tensó la honda. Su herida en el abdomen palpitaba con cada movimiento. La piedra salió disparada y se perdió inofensivamente en la hierba alta. El Ratón maldijo entre dientes, sintiendo el peso inútil del arma en sus manos.
Las bestias cargaron. Rianxeira ordenó mantener la formación, y la primera línea de escudos y armas cortas se cerró como un puño. Tres de los monstruos frenaron en seco, cautelosos ante el muro de acero y madera, pero los otros dos se lanzaron con furia contra Golondrino. El carnicero esquivó por pura suerte, el zarpazo pasó silbando junto a su oreja.
—¡A por ellos! —rugió Beaker, adelantándose para flanquear a una de las bestias. Su mayal se estrelló contra el suelo, pero Golondrino, con la frialdad del que ha despiezado cientos de animales, asestó dos tajos precisos y brutales en el costado del monstruo. Dunker, siempre al quite, remató la faena de un garrotazo seco. La primera bestia cayó muerta, pero no hubo tiempo para celebrarlo.
El jefe de la manada, una mole de colmillos y furia, avanzó pesadamente y se encaró con Beaker. El Sargento no retrocedió. A su lado, Tonetti alcanzó a otro esbirro con su horca, y Wendy clavó su rastrillo en el pecho del líder sin que este pareciera notarlo. Rianxeira, viendo que el herido se retorcía, se abalanzó con el hacha y de un tajo profundo le abrió el pecho, acabando con su vida.
Criadillas, con una valentía que nadie esperaba de sus ojos miopes, logró golpear la cabeza del jefe con su garrote, atontándolo por un instante. Fue un momento de gloria fugaz. Los tres esbirros restantes se lanzaron en tromba para defender a su líder. Beaker resistió a duras penas un mordisco, su armadura de cuero crujió bajo los dientes de la bestia.
El tercer turno fue una carnicería. Rutti, envalentonado, falló su golpe y fue castigado con dos mordiscos brutales en el brazo. La sangre brotó, empapando su túnica. Kaka's volvió a fallar con la honda y la arrojó al suelo, sintiéndose inútil. Mayhem se abalanzó sobre el esbirro que acosaba a Rianxeira, hundiéndole el hacha en el costado, mientras Beaker golpeaba al jefe sin hacerle mella. Dolorcín, viendo a su hermano en peligro, atravesó con su horca a la bestia que le atacaba, pero esta no cayó. Rianxeira, con un grito de rabia, se giró y de dos tajos certeros acabó con ella, salvando la vida de Rutti.
Criadillas, creyéndose invencible, intentó avanzar hacia el jefe. Fue su perdición. La mole se giró con una velocidad imposible y le zarpó el pecho. El bueno de Criadillas cayó al suelo, su horca inútil a su lado, con la respiración entrecortada.
Entonces, la bestia mayor abrió sus fauces. Golondrino, el carnicero que había luchado como un demonio, fue su primera víctima. Un solo mordisco, seco y brutal, y el hombre se desplomó, su cuchillo de carnicero cayendo en el barro. Criadillas, que intentaba levantarse, fue el siguiente. La mole no tuvo piedad.
El terror, como una ola negra, rompió la formación. Rianxeira, Dolorcín y Mayhem, presas del pánico más primitivo, dieron media vuelta y huyeron despavoridos. El Capitán, que tanto había temido a las bestias, huía ahora de ellas, dejando atrás a sus compañeros.
Solo uno se mantuvo firme. Corleone. El hombre que nunca callaba, el que siempre tenía un comentario, empaló a uno de los esbirros con su rastrillo, dejándolo malherido. Beaker, viendo la oportunidad, lo remató de un garrotazo. Pero no hubo tiempo para más. El jefe se giró hacia Beaker, y dos mordiscos bastaron para que el Sargento de acento extraño cayera al suelo, su mayal aún en la mano.
Los Desposeídos se desmoronaban. Los huidos lograron recuperar la compostura a duras penas y volvieron a formar una doble línea, con las pocas fuerzas que les quedaban. Pero el jefe había recuperado su vitalidad, sus heridas se cerraban como por arte de magia.
Corleone, el último hombre en pie, se enfrentó a la mole. No tenía nada que hacer. Su rastrillo se rompió contra la piel de la bestia, y un zarpazo le abrió en canal. Murió en silencio, sin una sola palabra, como si por fin hubiera entendido que en este mundo, el silencio es el único idioma que no miente.
La segunda línea fue una masacre. Uno por uno, los monstruos acabaron con todos. Mayhem, Rianxeira, Dolorcín, Tonetti, Kaka's, Beaker... todos cayeron.
Cuando el sol comenzó a ponerse, solo dos siluetas se alejaban cojeando de la hondonada. Rutti, con el brazo destrozado y la mirada perdida, y Wendy, el trovador, que ya no tenía fuerzas ni para cantar. El laúd se había quedado atrás, junto a los cuerpos de sus amigos.
La Reina Llorona ya no ondeaba. Había caído en el barro, manchada de sangre, con su lágrima negra mirando al cielo.
El día cuarto de las crónicas de Los Desposeídos amaneció con el cielo cubierto y un viento frío que anunciaba que el otoño no tardaría en mostrar los dientes. Nadie se quejó cuando Rianxeira dio la orden de desandar el camino hacia Seedock. La ruta que habían recorrido custodiando la caravana de Reindhard había sido tranquila, casi un paseo, y después de la carnicería en las colinas, nadie tenía prisa por buscar nuevas emociones. La Reina Llorona ya les había sonreído una vez; tentar al destino era una estupidez.
El camino de vuelta se les hizo extrañamente largo. Las botas pesaban más, el barro se pegaba con más saña, y las heridas de la noche anterior —la carne abierta en el costado de Rianxeira, el pecho silbante y sangrante de Kaka's— palpitaban con cada paso. Avanzaban con la guardia alta, las horcas al hombro y los ojos escudriñando cada robledal, cada seto, cada sombra.
Y entonces, a lo lejos, entre la maleza, vieron siluetas. Un grupo de bandidos, quizá cinco o seis. Eran menos que Los Desposeídos, pero estaban sanos, sin heridas, y tenían la mirada de los depredadores. Rianxeira se detuvo en seco y levantó el puño.
—Nada de héroes —ordenó el Capitán en voz baja, apretando el mango de su hacha—. Kaka's y yo apenas podemos levantar los brazos. Si hay pelea, alguien va a morir de verdad.
Los ladrones, al otro lado del sendero, también se detuvieron. Se miraron entre ellos, evaluando al grupo de campesinos con estandarte y armas de segunda mano. Vieron el bludgeon de Criadillas, las horcas de la segunda línea, el mayal de Beaker. Y, quizás, vieron la sangre seca en las ropas, la cicatriz de la batalla reciente. Fuese por lo que fuese, los bandidos decidieron que el botín no merecía la pena. Se giraron y se perdieron entre los árboles, sin decir una palabra.
El suspiro de alivio que recorrió la formación fue casi audible. Wendy, por una vez, no cantó. Corleone, milagrosamente, se calló durante al menos un cuarto de hora.
Al atardecer, las primeras casas de Seedock aparecieron en el horizonte. La villa olía a pescado seco y a redes podridas, tal y como la recordaban. Los tenderetes del mercado estaban cerrados, los postigos de las ventanas, echados, y las pocas gentes que se cruzaron con ellos les miraron con la desconfianza que se dedica a los forasteros armados. No había nada que comprar, nada que vender.
—No vamos a gastar lo que hemos ganado con el sudor de nuestra sangre en una cama dura y un caldo aguado —dijo Rianxeira, con la sensatez que le caracterizaba—. Montamos el campamento a las afueras. Con las hogueras y los turnos de guardia de siempre.
La noche los acogió en un pequeño claro, rodeado de robles y con la silueta del pueblo a lo lejos. Las hogueras se encendieron con chispas y el crepitar de la leña húmeda. Las provisiones se racionaron, las heridas se limpiaron con agua del arroyo y trapos viejos. Criadillas, que apenas veía más allá de sus narices, se ofreció a montar el primer turno de guardia; total, de noche no vería nada de todos modos.
Dolorcín, sentado junto al fuego, abrió su cuaderno y comenzó a escribir. La pluma raspaba el papel con un sonido seco. Anotó el encuentro con los bandidos, la decisión del Capitán, la llegada a Seedock. Y mientras escribía, la Reina Llorona, clavada en el estandarte, parecía observar el campamento con su lágrima negra, como si supiera que el descanso de Los Desposeídos no iba a durar mucho.
El quinto día amaneció con el cielo aún gris y una humedad que se pegaba a los huesos. Los Desposeídos no perdieron el tiempo. Las heridas de Rianxeira y Kaka's seguían supurando, pero el barbero de Seedock, un hombre de dedos rápidos y aliento a aguardiente, hizo lo que pudo por limpiarlas y cerrarlas con hilo de coser y una loción que olía a hierbas podridas. Dolió, pero el dolor significaba que seguían vivos.
En el mercado, entre el olor a salitre y a pescado, el grupo hizo sus tratos. El hidromiel comprado en Attendort desapareció de sus manos a cambio de un puñado de coronas. Con ese dinero, y algo más del fondo común, compraron un pequeño escudo de madera reforzada para Kaka's, que ya no tendría que confiar únicamente en su túnica de lana para sobrevivir a un golpe. También adquirieron un martillo, clavos y tiras de cuero para reparar los escudos astillados y las horcas dobladas, y raciones suficientes para tres días más.
Cuando las bolsas se cerraron, el balance era sombrío: 689 coronas. Para una banda que había estado a punto de morir en las colinas, aquella cifra sabía a poco. Necesitaban un trabajo, y lo necesitaban ya.
Fue el Sargento Beaker quien dio con él. A las afueras del mercado, un hombre llamado Hartbert leía un pergamino con el ceño fruncido. Vestía ropas de buen paño, aunque gastadas, y portaba una horca de tres puntas que parecía más ceremonial que práctica. Al ver a los mercenarios, les tendió el papel.
—Leed esto —dijo, con la voz ronca—. Si es que sabéis.
Dolorcín dio un paso al frente, tomó el pergamino y sus ojos recorrieron la lista. La caligrafía era difícil, pero los nombres eran peores. Hombres, mujeres, niños. Una letanía de muertos.
—No soy de por aquí —dijo el cronista, con voz sombría—, pero conozco una lista de fallecidos cuando la veo. ¿Cuándo ocurrió esto?
—La semana pasada —respondió Hartbert, asintiendo con pesadumbre—. Estamos en una mala situación. Demasiadas vidas perdidas. Creemos que es obra de criaturas salvajes. Bestias que escapan a nuestra capacidad de razonar. Obviamente, nos gustaría que fuerais a buscarlas y las destruyerais. ¿Estaríais interesados en semejante tarea, mercenarios?
Rianxeira se cruzó de brazos, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima. Su viejo miedo, ese que le erizaba la piel cada vez que escuchaba un aullido en el bosque, se retorció en su estómago. Pero miró a sus hombres, a sus heridas, a sus bolsas casi vacías.
—¿Qué está dispuesta a pagar Seedock? —preguntó el Capitán, con la voz firme a pesar del temblor en sus manos.
Hartbert no se anduvo con rodeos.
—Cuatrocientas noventa coronas en total. Cien por adelantado, y las otras trescientas noventa cuando el trabajo esté hecho.
El silencio se espesó. Cuatrocientas noventa coronas. Era más de lo que habían ganado en Attendort, y el pago por adelantado les permitiría comprar más provisiones o mejores armas. Pero cazar bestias no era lo mismo que matar a unos forajidos hambrientos. Las bestias no tenían escudos, ni miedo, ni sentido común.
Rianxeira miró a Dolorcín. El cronista asintió lentamente. Miró a Mayhem, que apretaba el mango de su hacha, y a Kaka's, que respiraba con dificultad pero sostenía la mirada. Los Desposeídos no tenían otra opción.
—Aceptamos —dijo el Capitán, tendiendo la mano—. Pero si esas bestias son demasiado para nosotros, no pienso sacrificar a mis hombres por cien coronas.
Hartbert estrechó la mano con firmeza.
—Hacéis bien. Os diré dónde han aparecido los cuerpos y hacia dónde se dirigían las huellas. Que la Reina Llorona os proteja... la necesitaréis.
El festín de las bestias
El rastro de las bestias los condujo hacia el norte, adentrándose en una zona de colinas bajas y pastizales altos que crujían bajo sus botas. El aire olía a hierba seca y a una putrefacción dulzona que se pegaba a la garganta.
A media mañana, la vanguardia se detuvo en seco. Entre la maleza, volcado y con las ruedas astilladas, había un carro de campesinos. Y a su alrededor, el festín.
Un cuerpo yacía boca abajo en el barro. Lo que quedaba de él no era un espectáculo para estómagos sensibles. La espalda había sido desgarrada con una violencia brutal, y las vísceras brillaban al sol, esparcidas como si alguien hubiera buscado algo dentro.
Kaka's el Ratón se llevó una mano al estómago, pero no por la repulsión, sino porque su propia herida, aún abierta y vendada con trapos sucios, palpitó con fuerza. El olor a sangre y a muerte le recordaba demasiado a la noche en las colinas.
Corleone, fiel a su naturaleza, se adelantó sin que nadie se lo pidiera. Miró el cuerpo, se rascó la barbilla y escupió una brizna de hierba.
—Le faltan los órganos. Habrá sido un lobo. O a lo mejor un conejo. ¿Qué? ¿Nunca habéis oído hablar de un conejo realmente hambriento?
Nadie rio. El Sargento Beaker le fulminó con la mirada.
—Las marcas —continuó Corleone, ignorando la tensión— no son de un conejo ni de un sabueso cualquiera. Eso es obra de algo... más grande. Más peligroso.
—Gracias por la clase de anatomía, Corleone —cortó Rianxeira, con la voz tensa. Su mirada no estaba en el cuerpo, sino en las huellas que se alejaban hacia los pastizales. Eran profundas, anchas, con garras que habían arañado la tierra. No era un lobo. Era algo con un peso colosal—. Vuelve a la formación. Y cierra la boca hasta que encontremos a la bestia.
El Capitán se giró hacia Kaka's. El Ratón seguía pálido, con el pecho silbando y la mano presionando su herida. No podía sujetar un escudo, ni mucho menos aguantar el choque de una criatura de aquel tamaño. Rianxeira desenganchó la honda del cinturón de Corleone y se la tendió a Kaka's.
—Tú te quedas en la segunda línea —ordenó—. Nada de cuerpo a cuerpo. Dispara desde la distancia y no dejes que te vean. Si esa cosa es lo bastante rápida para destripar a un hombre antes de que grite, no quiero que estés cerca de sus colmillos.
Kaka's asintió, tomando la honda con manos temblorosas. Al menos desde la retaguardia, su asma y su herida no serían una condena.
La banda reanudó la marcha, ahora en un silencio sepulcral. Las horcas apuntaban al cielo, los escudos se apretaban contra los pechos. Rianxeira caminaba al frente, con el hacha en la mano y el miedo a las bestias royéndole las entrañas. Pero no se detuvo.
El rastro los llevó hasta la entrada de una hondonada cubierta de niebla. Las huellas desaparecían entre los matorrales. Y desde el interior, llegó un sonido. Un crujido húmedo. Huesos quebrándose.
Los Desposeídos se detuvieron. La Reina Llorona, desde el estandarte, parecía llorar con más fuerza que nunca.
La hondonada olía a muerte. Cuando la niebla se disipó, no encontramos un oso ni un lobo, sino a los Nachzehrer. Monstruosidades de pelaje oscuro, garras como cuchillas y fauces capaces de arrancarle la cabeza a un hombre de un solo mordisco. Eran seis, y uno de ellos, el más grande, el que caminaba con la pesadez de un verdugo, era su líder.
Kaka's el Ratón, desde la retaguardia, tensó la honda. Su herida en el abdomen palpitaba con cada movimiento. La piedra salió disparada y se perdió inofensivamente en la hierba alta. El Ratón maldijo entre dientes, sintiendo el peso inútil del arma en sus manos.
Las bestias cargaron. Rianxeira ordenó mantener la formación, y la primera línea de escudos y armas cortas se cerró como un puño. Tres de los monstruos frenaron en seco, cautelosos ante el muro de acero y madera, pero los otros dos se lanzaron con furia contra Golondrino. El carnicero esquivó por pura suerte, el zarpazo pasó silbando junto a su oreja.
—¡A por ellos! —rugió Beaker, adelantándose para flanquear a una de las bestias. Su mayal se estrelló contra el suelo, pero Golondrino, con la frialdad del que ha despiezado cientos de animales, asestó dos tajos precisos y brutales en el costado del monstruo. Dunker, siempre al quite, remató la faena de un garrotazo seco. La primera bestia cayó muerta, pero no hubo tiempo para celebrarlo.
El jefe de la manada, una mole de colmillos y furia, avanzó pesadamente y se encaró con Beaker. El Sargento no retrocedió. A su lado, Tonetti alcanzó a otro esbirro con su horca, y Wendy clavó su rastrillo en el pecho del líder sin que este pareciera notarlo. Rianxeira, viendo que el herido se retorcía, se abalanzó con el hacha y de un tajo profundo le abrió el pecho, acabando con su vida.
Criadillas, con una valentía que nadie esperaba de sus ojos miopes, logró golpear la cabeza del jefe con su garrote, atontándolo por un instante. Fue un momento de gloria fugaz. Los tres esbirros restantes se lanzaron en tromba para defender a su líder. Beaker resistió a duras penas un mordisco, su armadura de cuero crujió bajo los dientes de la bestia.
El tercer turno fue una carnicería. Rutti, envalentonado, falló su golpe y fue castigado con dos mordiscos brutales en el brazo. La sangre brotó, empapando su túnica. Kaka's volvió a fallar con la honda y la arrojó al suelo, sintiéndose inútil. Mayhem se abalanzó sobre el esbirro que acosaba a Rianxeira, hundiéndole el hacha en el costado, mientras Beaker golpeaba al jefe sin hacerle mella. Dolorcín, viendo a su hermano en peligro, atravesó con su horca a la bestia que le atacaba, pero esta no cayó. Rianxeira, con un grito de rabia, se giró y de dos tajos certeros acabó con ella, salvando la vida de Rutti.
Criadillas, creyéndose invencible, intentó avanzar hacia el jefe. Fue su perdición. La mole se giró con una velocidad imposible y le zarpó el pecho. El bueno de Criadillas cayó al suelo, su horca inútil a su lado, con la respiración entrecortada.
Entonces, la bestia mayor abrió sus fauces. Golondrino, el carnicero que había luchado como un demonio, fue su primera víctima. Un solo mordisco, seco y brutal, y el hombre se desplomó, su cuchillo de carnicero cayendo en el barro. Criadillas, que intentaba levantarse, fue el siguiente. La mole no tuvo piedad.
El terror, como una ola negra, rompió la formación. Rianxeira, Dolorcín y Mayhem, presas del pánico más primitivo, dieron media vuelta y huyeron despavoridos. El Capitán, que tanto había temido a las bestias, huía ahora de ellas, dejando atrás a sus compañeros.
Solo uno se mantuvo firme. Corleone. El hombre que nunca callaba, el que siempre tenía un comentario, empaló a uno de los esbirros con su rastrillo, dejándolo malherido. Beaker, viendo la oportunidad, lo remató de un garrotazo. Pero no hubo tiempo para más. El jefe se giró hacia Beaker, y dos mordiscos bastaron para que el Sargento de acento extraño cayera al suelo, su mayal aún en la mano.
Los Desposeídos se desmoronaban. Los huidos lograron recuperar la compostura a duras penas y volvieron a formar una doble línea, con las pocas fuerzas que les quedaban. Pero el jefe había recuperado su vitalidad, sus heridas se cerraban como por arte de magia.
Corleone, el último hombre en pie, se enfrentó a la mole. No tenía nada que hacer. Su rastrillo se rompió contra la piel de la bestia, y un zarpazo le abrió en canal. Murió en silencio, sin una sola palabra, como si por fin hubiera entendido que en este mundo, el silencio es el único idioma que no miente.
La segunda línea fue una masacre. Uno por uno, los monstruos acabaron con todos. Mayhem, Rianxeira, Dolorcín, Tonetti, Kaka's, Beaker... todos cayeron.
Cuando el sol comenzó a ponerse, solo dos siluetas se alejaban cojeando de la hondonada. Rutti, con el brazo destrozado y la mirada perdida, y Wendy, el trovador, que ya no tenía fuerzas ni para cantar. El laúd se había quedado atrás, junto a los cuerpos de sus amigos.
La Reina Llorona ya no ondeaba. Había caído en el barro, manchada de sangre, con su lágrima negra mirando al cielo.
POR DESGRACIA YA SE ME PASÓ LA INDIGNACIÓN. DE UN TIEMPO A ESTA PARTE TODO ME VALE VERGA. MAL, TODO MAL.
- Dolordebarriga
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Re: Los Desposeidos
Madre mía!! Qué masacre, partida corta de sólo 5 días y compañía diezmada. Siento haberos matado a todos...
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