Polina escribió: ↑15 Abr 2026 13:38
Casi el 70% de los divorcios los inician las mujeres. Cuando me informé de este dato no me sorprendió sino que me confirmó lo que ya sospechaba.
Me jugaría un meñique a que la mayoría no lo hace porque se les haya cruzado un negro zumbón sino porque está hasta el coñísimo de tirar del carro doméstico, de que su marido no parezca ser capaz de saber si hay que cambiar las toallas, preparar algo para llevar a una comida con amigos, qué talla de pie tienen sus hijos o si toca revisión con el dentista.
De que sólo se arrime cuando quiere follar y no acepte una carantoña como tal sino como el preámbulo a coito.
De que tenga nulo interés por hablar de lo que le ronda la cabeza, de qué siente cuando piensa en su infancia, de qué le contó su amigo en las cinco horas que pasaron juntos el sábado.
Cuando una mujer decide divorciarse sin "motivo aparente" casi siempre pilla al marido por sorpresa pese a que ella lleva los tres últimos años señalándole todas estas cosas. Y lleva rumiándolo los dos últimos, proponiendo terapia de pareja, establecer unas premisas para comunicarse mejor, retomsr espacios, etc, con la esperanza de que aun haya algo que hacer.
Y el último año ya está pasando el duelo de su relación, con lo que pese a lo doloroso de la separación, el alivio también compensa.
Y sí, hay condicionantes biológicos en todo lo que se refiere a la relación entre hombres y mujeres pero agarrarse a ese argumento es eludir toda responsabilidad como individuo capaz de esforzarse por focalizar la atención en un trabajo compartido.
Tengo un gran amigo muy leído en teoría evolutiva, cerebro humano, diferencias entre sexos y demás que siempre me suelta unos argumentos biologicistas que entiendo y a veces comparto (otras veces no) pero hace poco caí en la cuenta de que toda esta mierda biologicista obvia algo fundamental: una vez pasa la edad fértil de las mujeres nuestro comportamiento cambia radicalmente, dejamos de segregar las hormonas a las que hemos estado sometidas durante media vida y descubrimos un inmenso placer en la libertad de escapar del yugo de la competición entre nosotras, de no necesitar validación masculina, de encontrar placer en la soledad y la independencia, y sobre todo de conectar entre nosotras y recrearnos en el cuidado emocional que proporcionamos y recibimos de otras mujeres, incluso apenas conocidas. Eso por no hablar de una nueva sensación llamada autoestima y seguridad en una misma, ambos factores sin los que hemos crecido una inmensa mayoría.
Y a medida que esto sucede a ritmo pausado, vamos viendo lo ajenos que nos son los hombres y lo poco interesantes, porque muy poquitos han sabido estar en el lugar en el que ahora podríamos encontrarnos.