Revista Jot Down

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poshol na
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Re: Revista Jot Down

Mensaje por poshol na »

Pero pero pero soy famoso! Aunque no fue llevar al gato al veterinario. Fue peor.
La fusión del conceptismo y el culteranismo tecleó:
Anda y que den por el culo con la mierda diarrética esa que blasfemas por tu orificio vocal.

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Criadillas
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Re: Revista Jot Down

Mensaje por Criadillas »

Te pagó una buena fimosis?
Dunkis dijo:

Criadillas es un hombre triste de derechas, quién lo iba a decir.

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poshol na
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Re: Revista Jot Down

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Pega el artículo, @dunker, que es para suscriptores.
La fusión del conceptismo y el culteranismo tecleó:
Anda y que den por el culo con la mierda diarrética esa que blasfemas por tu orificio vocal.

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Polina
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Re: Revista Jot Down

Mensaje por Polina »

El Confidencial
Mar de Marchis, la extraña creadora de Jot Down que coló 20 patos en la redacción de 'El País'
Colaboradores Cultura5


Foto:
La famosa portada de Cebrián como Darth Vader en Jot Down
Por
Daniel Verdú


Durante algo más de una década, Mar de Marchis (aunque este no era realmente su nombre) estuvo al frente de Jot Down, una revista que irrumpió en las librerías y casas más culturetas en plena época de recesión en el periodismo. Fue una empresaria creativa, muy imaginativa y también una personalidad difícil, según los pocos que la conocieron. En este fragmento, el periodista Daniel Verdú cuenta cómo consiguió llegar a un acuerdo con El País (y que ella saliera ganando).

Los recuerdos de infancia son como esos objetos a la deriva que el mar devuelve redondeados a la orilla, sin aristas ni rugosidades. En los suyos aparecían un montón de patos. Menudos, suaves, amarillos. Acababa el curso y, antes de subir al coche que la conduciría hasta la playa, compraba dos. Uno se sentiría muy solo, dejó escrito. Y cuando el final del verano la colocaba ante el drama de aquella separación, su padre la consolaba diciéndole que se los llevaba a un lugar precioso, muy grande, donde vivirían libres con otros patos. Ella asentía entonces con lágrimas en los ojos.

La secuencia se repitió durante años. Pero la felicidad se evaporó, como se evapora siempre cuando la realidad llama a la puerta trasera. O sea, cuando supo dónde terminaban aquellos animales. Llegó el colapso, el fin de la inocencia. Decidió dejar de ser parte de esa tragedia, escribiría mucho tiempo después. Pero algunos traumas laceran el alma de forma irreversible. Y nunca más volvió a bañarse con patos. Ni a tener nada que ver con aquellos animales. Hasta aquel día.

'La bola, de Daniel Verdú (Alfaguara)
La periodista no recuerda la fecha exacta, pero era un martes de septiembre de 2015. El teléfono sonó sobre las diez de la noche, como tantas veces en las horas previas. Como el día anterior, y también el otro. Las peticiones a sus colaboradores solían ser exóticas e iban mucho más allá del perímetro profesional. Llévale una colonia a este; acércale una longaniza y una botella de vino a Enric González que acaba de volver de viaje; ya que estás en París, cómprale una primera edición del Ulises de Joyce en Shakespeare & Co. Tómate un cóctel con Maruja Torres en el Dry Martini e intenta convencerla de que nos escriba; compra un iPad con tu dinero, ya te lo pagaré, y se lo acercas a ese otro. O una de las mejores. Haz el favor de llevar el gato de esa persona al veterinario. Le daba igual si aquel colaborador de la revista, graduado en filología rusa, que debía transportarlo en su propio coche, sufría una alergia terrible a esos animales y volvía a casa con un sarpullido de paper de revista dermatológica. Nadie rechistaba, o al menos delante de ella. Pero la lista de deseos subió un peldaño ese día. Consigue veinte patos amarillos y llévalos a El País mañana por la mañana, le dijo a una de las dos mujeres que trabajaban entonces en la revista y que jamás la había conocido en persona, como el resto de aquella redacción virtual. Me da igual de dónde los saques, los necesitamos para anunciar el acuerdo.

La periodista, que entonces tenía veintisiete años, se pasó la mañana siguiente llamando a decenas de empresas de alquiler de animales para rodajes, con la mala fortuna de que en todos recibía la misma respuesta: no era temporada de cría. Y como el fracaso no estaba en la agenda de nadie ese día, se subió a su Opel Corsa azul con otro periodista y un operador de vídeo y condujo hasta Perales de Tajuña, a cuarenta y seis kilómetros al sureste de Madrid, para recoger las crías de pato amarillas en el único lugar de la meseta donde, por alguno de esos misterios del cambio climático, la temporada reproductiva era perenne y los patos ignoraban esas consideraciones temporales para copular. Llegó a la granja, pagó por adelantado la mercancía, metió las aves en el Corsa y, sin saber exactamente todavía por qué demonios hacía aquello, como ocurría tantas veces, puso rumbo a Miguel Yuste 40, sede de El País.


Mar envió ahí a cuatro personas esa mañana. Sabía lo que quería. O lo intuía. Como le gustaba decir, había método en su locura. Lo de Hamlet. Pero solo les dio instrucciones para desperdigar patos por la redacción del periódico, varias revistas y un mucha suerte, sabiendo, entre otras cosas, que aquellos polluelos iban a cagarse sin miramientos en la colorida y psicodélica moqueta del periódico más influyente de las últimas cinco décadas en España, nacido después de la transición e impreso entonces todavía en letras mayúsculas y tipografía Majerit. Y con eso nadie bromeaba entonces.

Había que grabar un vídeo promocional que anunciase el primer número de una edición especial de JotDown en colaboración con El País y que iba a lanzarse un mes después. Mar de Marchis había convencido al grupo Prisa para publicar una versión reducida de la revista que se distribuiría un domingo de cada mes con el periódico. Un negocio aparentemente redondo. Su empresa ensamblaba algunos artículos ya publicados en la edición madre, diseñaba una portada nueva con una foto generalmente de un banco de imágenes, galopaba en los quioscos a lomos del diario más vendido de España y compartía ingresos por publicidad y venta de cada ejemplar que el artefacto generase ese domingo. Más bien poco. Porque ni se vendía mucho ni tenía apenas publicidad. Era eso, y una importante compensación económica por gastos a la revista. A cambio, el periódico se abría a otros lectores y se asociaba a una marca en pleno auge.

'La bola' (Alfaguara): Mar de Marchis fundó una revista de culto sin salir de su casa. Su voz se infiltró en grandes periódicos, sedujo y convenció a escritores o políticos y firmó contratos sin dejarse ver. Mandaba fotos de una joven atractiva que cautivó a muchos. La persona no existía, pero su influencia y sus ideas eran reales. El mito y el misterio le dieron poder en un mundo marcado ya por el anonimato, las redes sociales y la crisis de la verdad. ¿Quién fue? ¿Una mente brillante, una impostora o un síntoma de su tiempo?

Daniel Verdú (Barcelona, 1980): Comenzó a trabajar como periodista en la sección de Local de El País en Madrid. Pasó por Cultura y Reportajes, cubrió atentados islamistas en Francia y la catástrofe de Fukushima. Fue corresponsal siete años en Italia y el Vaticano, donde vio caer cinco gobiernos y convivir a dos papas. Hoy es corresponsal en París. Este es su primer libro.

El anuncio debía seguir la estética de la revista. Blanco y negro, cierta austeridad estética, cultura popular. Sonaba la música de Los Soprano mientras transcurría la escena. Pero no había manera. Los patos enloquecieron cuando los soltaron por la redacción, extendiendo el perfume a alcantarilla. En medio de la desesperación, Carlos de Vega, entonces nuevo jefe de la sección de vídeo de El País (el vídeo era ya el nuevo maná del periodismo escrito), tuvo la idea de enseñar a los animalitos una secuencia de imágenes de sus congéneres en la pantalla del móvil para que le siguieran. No funcionó. Y los polluelos trazaron su ruta de forma anárquica, hipnoti- zados por las cenefas de la vieja moqueta, mientras los ánimos en la redacción, sorprendida por aquella escena, se encendían cada vez más. Pero de eso exactamente iba todo aquello. Una voladura.




Los patos enloquecieron cuando los soltaron por la redacción, extendiendo el perfume a alcantarilla

Matar al padre fue siempre el deporte favorito de escritores, editores y periodistas para asaltar un viejo y hermético ecosistema. Ridiculizarlo, humillarlo, desprestigiarlo. El asesinato más famoso lo encargó el director de New York Magazine, entonces suplemento dominical del Herald Tribune, cuando en 1965 le propuso a un joven redactor joder al New Yorker, el gran monumento del periodismo narrativo que aquel año cumplía cuatro décadas. ¿Qué te parecería volar su redacción?, respondió entonces un tal Tom Wolfe. De la vacilada surgió un texto de más de diez mil palabras titulado Pequeñas momias, la verdadera historia del rey del país de los muertos vivientes de la calle Cuarenta y tres.

Wolfe, todavía un anónimo reportero que ya se paseaba con un traje de tres piezas y sombrero blanco, dinamitó la forma en que se ejercía el periodismo mofándose del encorsetamiento de aquella gran institución y de su director, William Shawn, el susodicho rey del país de los muertos vivientes. El fresco era el de una publicación convencional, ensimismada y excesivamente institucional que había perdido la capacidad de sorprender. Una organización burocrática, lenta, aburrida. Había retazos de conversaciones, descripción de situaciones. Una crónica oral escrita que, como ocurre siempre con una crónica oral escrita, sacrificaba información a cambio de un cierto ritmo narrativo. Pero qué ritmo. El nacimiento, fundamentalmente, del llamado nuevo periodismo y de una constelación de jóvenes e insolentes estrellas que entendieron antes que nadie que el mundo en el que vivían se extinguía.

Shawn, un gran director, reaccionó y publicó la primera parte de A sangre fría, de Truman Capote, la biblia de la ola que llegaba al periodismo. Y a la propia revista. A todo se le daba la vuelta. Tratar a broma lo importante y de forma rigurosa lo que parecía un chiste. Si había que cubrir el funeral de Kennedy, la historia que contaría Jimmy Breslin era la del enterrador, no la del presidente. Descaro, primera persona. Y, sobre todo, la extensión necesaria para narrar bien lo que se propusieran. El periodismo, esa era la idea, también era una forma de literatura. Funcionó, claro. Y desde entonces, miles de editores de revistas han intentado imitar ese esquema de trabajo. Incluso propagando a los cuatro vientos que ellos eran el nuevo New Yorker de tal ciudad o de tal otra. La mayoría de las veces, haciendo el ridículo. Casi siempre, bajando la persiana del invento al cabo de pocos meses y mucho dinero invertido por algún romántico.


El primer número en colaboración entre Jot Down y El País
Es probable que aquella mujer ignorase todo esto. O que ni siquiera hubiera leído ni un artículo completo del New Yorker. Pero eso, y hay que volver bastante más atrás en la historia, es lo que le anunció que pensaba hacer a un gran editor de revistas de España en 2010 cuando se sentó en su despacho para ofrecerle participar en un proyecto que, según ella, revolucionaría el sector editorial. Ese empresario ha borrado el recuerdo exacto del encuentro y el aspecto de la persona que le había mandado un e-mail semanas antes para visitarle en sus oficinas de la calle Doctor Fourquet, en el barrio madrileño de Lavapiés. Recuerda, eso sí, que la reunión se produjo al comienzo de una época compleja, que acababa de explotar la bomba de Lehman Brothers en Estados Unidos y, quizá lo más relevante de esa extracción en la memoria es que la publicidad comenzaba a desaparecer de la mayoría del papel satinado en los quioscos. En todo caso, y eso sí lo recuerda porque todavía lo conserva, el correo que había recibido algunos días antes era claro. Y directo:

Voy a montar una revista, no me conoces, quiero preguntarte algunas cosas.

La mujer, según ese recuerdo, subió aquel día indeterminado de 2010 a su despacho, cruzó la pequeña redacción, sonrió de forma algo forzada, se sentó en la silla giratoria y empezó a mover el asiento de un lado a otro, como si algo le quemase en el trasero. Luego comenzó su andanada. ¿Cómo me puedes ayudar? No, mira, es que lo que yo quiero es que pongas dinero. ¿No tienes? Ya, pero yo tu ayuda no la necesito. Bueno, bueno, de acuerdo, pues muchas gracias igualmente.

Al cabo de pocos días, ella le volvió a llamar. Le decía algo más o menos así.

Gracias por haberme recibido, pero no sabes lo que te vas a arrepentir de no haber hecho esta revista.

Andrés Rodríguez, entonces editor de Esquire y también hoy de un vasto catálogo de exitosas publicaciones, no volvió a saber nada más de ella en algún tiempo. Siguió a lo suyo, fundó otras cabeceras. Continuó ganando dinero. Y perdió, en cambio, la pista a aquella mujer ignorando que sería uno de los últimos en verla en persona. Uno de los siguientes en la lista ya no tuvo esa suerte.

Mar, esta vez ya sin presentarse físicamente, contactó poco después con Arcadi Espada, escritor y columnista de El Mundo, que entonces había terminado de dirigir un audaz proyecto llamado Factual con un grupo de jóvenes periodistas que, probablemente, llegó demasiado pronto a los cambios que exigía el oficio. Arcadi, además, tenía un blog muy seguido en el que había dado nombres y apellidos de quienes consideraba los mejores talentos de ese momento. Un preciso manual si uno pretendía contratar a periodistas. Ella los anotó y los llamó uno por uno para pedirles colaboraciones. Unos aceptaron, otros se lo pensaron y algunos se negaron al conocer que no cobrarían ni un duro. Espada, poco dado a determinadas concesiones, estaba en su casa cuando recibió un e-mail en mayo de 2011.

Me dirijo a usted como directora de la revista JotDown con el propósito de entrevistarle para el que será nuestro primer número.

Nada más.

Gracias por haberme recibido, pero no sabes lo que te vas a arrepentir de no haber hecho esta revista

La entrevista se hizo. Y como solía ocurrir después de ese ritual, Mar y Arcadi Espada iniciaron una relación epistolar extraña en la que ella tuvo que ir subiendo la apuesta para retener su atención, porque lo había logrado al principio, pero el misterio que ella le proponía, lo de las fotos sugerentes y lo de no aceptar un encuentro físico en ningún caso, a él se le atragantaba cada cierto tiempo, recordaría. Y así, en un momento determinado, aquella mujer le ofreció dirigir la revista de la que le hablaba y que todavía era solo una web. Arcadi escribía entonces columnas y aceptó hablar del asunto. Por qué no, pensó. Pero la cuestión principal, la que marcaría el destino final de toda aquella negociación, quiso prevenirla, sería el dinero.

Arcadi Espada no trabajaba gratis. Ni tampoco pensaba hacerlo por una cantidad testimonial. Y eso debía establecerse desde el comienzo. Su imaginación no alcanza a poner cifra a lo que puedo pagar, respondió ella estimulando su intermitente interés. Bien, estupendo, pues concretemos. Pero eso nunca sucedió, del mismo modo que nunca se concretarían muchas otras cosas con ella. Pero eso Arcadi tuvo que descubrirlo lentamente, con las citas que se frustraron, con las negativas a verse en persona, con las fotos de aquella atractiva mujer con cada vez menos ropa que vivía en Londres, representaba a jugadores de fútbol y tenía dinero suficiente para montar una revista y contratarle sin reparar en la cifra. Hasta aquí hemos llegado, anunció él, harto de una sensación creciente de tomadura de pelo.

La investigó, rebuscó en internet, consultó con una colaboradora que entonces le ayudaba en algunos procesos. Pero no encontraron nada. Ni en Google, ni en el colegio de abogados, ni en ningún otro lado que habitualmente contuviese información de la gente corriente. El 30 de julio de 2011 intercambiaron los últimos correos para zanjar la relación. ¿Quiere decir eso que no va a volver a responderme?, preguntó ella. Y el escritor, glosando su propia trayectoria profesional, resumió la cuestión. La vida, en cierta manera, de ambos.

Compréndalo, como es público y notorio, no hay nada que me aburra más que una ficción.

No hay más e-mails en el archivo de Arcadi Espada. Pero, casualmente, fue también el momento en el que todo el mundo comenzó a hablarle de Mar de Marchis. En cenas, reuniones, reservados y redacciones. Todos querían, de repente, conocer a aquel personaje arrebatador que había captado la dispersa atención de la profesión. El misterio creció y se convirtió en un enigma cada vez más atractivo.

No está claro, por otro lado, si Andrés Rodríguez, el editor que un tiempo antes se había visto con ella, se arrepintió de no haber hecho él la revista como le había propuesto aquella mañana en su despacho. O al menos de no haberle seguido más el juego para ver dónde terminaba toda la historia. Pero en 2014, al cabo de cuatro años de aquella visita, cuando ya no había duda de que el invento había tenido éxito, volvió a recibir una llamada.

El País me ha hecho una oferta, le dijo.

Sucedió cuando la crisis ya se había instalado definitivamente en las redacciones y los periódicos, en caída libre y con el cuchillo entre los dientes, necesitaban suplementos para atraer las migajas de publicidad perdidas en los rincones y debajo de las alfombras del mercado. Al propio Andrés se lo habían ofrecido en otro gran periódico y lo había rechazado. Te irá bien al principio, pero si todo empeora le echarán la culpa a tu revista, le advirtió. Dio igual. No le preguntaba, se lo restregaba. Ya había firmado el acuerdo con un diario que, solo dos años antes, ella misma había pedido a sus trescientos mil seguidores que no compraran. Una historia larga y algo tormentosa cuyo comienzo, de algún modo, podría resumirse en algunos metros cuadrados de aquella vieja moqueta.

Ya había firmado el acuerdo con un diario que, solo dos años antes, ella misma había pedido a sus trescientos mil seguidores que no compraran

Los patos no eran una boutade. En la portada de aquel primer número, que inauguraba la colaboración de Jot Down con El País, aparecía James Gandolfini, protagonista de Los Soprano y uno de los personajes que, por varios motivos, podrían haber servido de espejo a Mar. Tony Soprano aparecía abrazando a unos polluelos amarillos, una evocación fundacional de aquel primer capítulo de la serie en que el mafioso de New Jersey sufría un ataque de pánico, con desmayo incluido, cuando descubría que las aves que durante meses habían chapoteado en la piscina de su mansión levantaban el vuelo y comenzaban su migración invernal. Nadie tenía mucha idea todavía de qué demonios había ahí detrás. Pero si uno quería pistas podía encontrar un mapa detallado en aquel personaje. Corpulencia, vulnerabilidad, nostalgia, ambición de poder y un cierto autoritarismo compulsivo que permite casi siempre avanzar más rápido cuando las condiciones naturales no son las que uno hubiera deseado al nacer.

La revista de Mar llevaba dos años publicándose trimestralmente en papel y en blanco y negro. Entrevistas largas, música, psiquiatría, literatura, cómic, deporte. Una edición cuidada, papel caro y un índice con grandes autores. Tenía alrededor una serie de padrinos que, en muchos casos, habían entrado también como pequeños socios capitalistas. Se había hecho ya un hueco en librerías y mesitas de noche. Su aterrizaje podría resumirse en el interés inicial que despertó en algunos enterados, que veían en ella una especie de fanzine de lujo; luego, unos cuantos esnobs, que las apilaban en casa para colocar una lámpara cara encima. Y, finalmente, un cierto poder editorial y lectores influyentes que terminaron de lanzarla. Más allá de historias, anécdotas y chismes sobre lo que podía esconder la biografía de su fundadora, su predicamento terminó siendo real e instalándose en la conversación y en las costumbres del ecosistema cultural. Adquirió una parroquia, un nombre en determinados cenáculos y una colorida parrilla de colaboradores que escribían ahí porque sabían que era el lugar adecuado en ese momento. Pero sus páginas, a menudo, explicaban más que sus artículos.

La revista nació a rebufo de la gran recesión. También del derrumbamiento mediático. De la caída de la publicidad, del colapso del modelo de negocio y del enorme rencor, legítimamente acumulado, de una cierta aristocracia de periodistas que, de repente, vieron cómo la prioridad de sus directores era saber cuánto costaban y no cuánto valían, como escribiría Ramón Lobo, uno de aquellos damnificados. Jot Down, cuya web se lanzó el día después de la gran acampada del 15-M de 2011, se nutrió de todo eso. Y del viejo espíritu, aparentemente contracultural, que requiere liquidar al padre, tal y como propusieron Tom Wolfe y la banda de nuevos periodistas en 1965, para entrar sin invitación en la fiesta. Pero, sobre todo, se alimentó del fascinante misterio de Mar, capaz de seducir y convencer a algunas estrellas de la profesión para que escribieran y para que lo hicieran gratis la mayoría de las veces porque no tenían con qué pagarlos. Cuando yo tenga, tú tendrás, les consolaba ella, quizá sabiendo que tampoco sería exactamente así.

[Jot Down] se alimentó del fascinante misterio de Mar, capaz de seducir y convencer a algunas estrellas para que lo hicieran gratis

Y gracias a todo eso, y a un estilo directo y algo anárquico, ganó cierta reputación en librerías y sobremesas nocturnas de periodistas que comenzaron a hacer cábalas sobre aquella voz de mujer que, por algún motivo, no quería hacerse carne. Una hija de Aznar. Una siria desfigurada. La novia de Enric González. O, incluso, el propio Enric González con un filtro de voz, que había planeado vengarse del grupo Prisa y de Juan Luis Cebrián con aquel experimento editorial que le había permitido volver a casa disfrazado, como si fuera Ulises después de su Odisea por el océano. Y empezó a sonar, cómo no, la vieja melodía de los proyectos que quisieron expandir horizontes culturales: el New Yorker español, dijeron por primera vez algunos de sus empleados en un congreso en Huesca. Aquello, después de varias entrevistas, se convirtió en canon. Aunque nunca sea buena idea compararse con los muertos vivientes de la calle Cuarenta y tres, pese a que uno pueda considerarlos pequeñas momias.

Jot Down Smart, la revista que llevaron aquella mañana a la redacción y que constituiría el momento de esplendor de la fulgurante aventura de aquel personaje, era una recopilación encuadernada de lo que Mar consideró los mejores contenidos de los últimos tres meses. Se imprimió y distribuyó con El País un domingo de cada mes durante casi cuatro años, atravesando uno de los periodos más convulsos y complicados del periódico, de España y de los medios de comunicación en el mundo. Pero la realidad es que nadie dinamitó nada, y mucho menos la redacción de un periódico. Aquel artefacto que vendieron al grupo Prisa, que nunca había externalizado lo que publicaba, fue la culminación del trabajo de una mujer desconocida, sin antecedentes ni experiencia que la acreditase ante un mundo al que no pertenecía. Un misterio que desafiaba la lógica endogámica del medio en el que se adentraba. Sin presentarse a ninguna de las citas para cerrar acuerdos empresariales o editoriales con sus interlocutores. Sin que nadie supiera qué aspecto tenía.

Lo siento, no iré. No puedo. No lo hago nunca. Entiéndelo, es un problema que tengo.

Los veinte patos, tras una exigida mañana laboral, volvieron a las once de la noche a Perales de Tajuña en la misma caja de cartón en la que habían llegado a Miguel Yuste 40 y en el mismo maletero del Opel Corsa azul. El olor a granja jamás volvería a desaparecer de la tapicería del coche de aquella redactora. La moqueta del periódico fue sustituida meses después en una gran reforma.
NO TE CREERAS COMO SE HA QUEDADO ANGELITA JOLÍN DESPUÉS DE COMER POLLO AL CURRY DURANTE UN AÑO LA LECHE DE COCO COMO SE ORDEÑA UN COCO LA INDIA ES UN PAIS

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poshol na
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Re: Revista Jot Down

Mensaje por poshol na »

Joder, es un constante "me suena algo, pero me voy a inventar todo lo que no sé del tema, que es la mayoría."
La fusión del conceptismo y el culteranismo tecleó:
Anda y que den por el culo con la mierda diarrética esa que blasfemas por tu orificio vocal.

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dunker
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Re: Revista Jot Down

Mensaje por dunker »

Habrá que leerlo completo, pero tiene pinta de que ha cambiado parte de los hechos voluntariamente por si acaso pero, la mayoría, ha sido teléfono descacharrado.
Aspiro a la hegemonía mundial.

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poshol na
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Re: Revista Jot Down

Mensaje por poshol na »

Nadie de la fsmilia ha querido hablar con él, y solo ha encontrado a uno de JD que quisiera. Así que casi toda su info viene de gente externa y claro, no quieren quedar como tontos diciendo: "Una señora me mandaba fotos sexis de su peluquera diciendo que era ella, y yo, pese a ser un gurú del periodismo patrio, me lo tragué todo", por lo que las versiones que tiene son bastante particulares.
La fusión del conceptismo y el culteranismo tecleó:
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dunker
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Re: Revista Jot Down

Mensaje por dunker »

poshol na escribió: 04 Jun 2026 11:49 Nadie de la fsmilia ha querido hablar con él, y solo ha encontrado a uno de JD que quisiera.
¿Quién?

De todas formas, viendo quién ha hecho comentarios elogiosos (Isabel Coixet, Carretero, Jabois) o quién presentó la presentación del libro (Lara Hermoso), parece que ha tenido bastantes fuentes más o menos cercanas en determinados momentos.
Aspiro a la hegemonía mundial.

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poshol na
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Re: Revista Jot Down

Mensaje por poshol na »

dunker escribió: 04 Jun 2026 12:03
poshol na escribió: 04 Jun 2026 11:49 Nadie de la fsmilia ha querido hablar con él, y solo ha encontrado a uno de JD que quisiera.
¿Quién?

De todas formas, viendo quién ha hecho comentarios elogiosos (Isabel Coixet, Carretero, Jabois) o quién presentó la presentación del libro (Lara Hermoso), parece que ha tenido bastantes fuentes más o menos cercanas en determinados momentos.
No quiso decir quién era su fuente en JD, pero es alguien que, por lo que he leído en el fragmento, tampoco se enteraba demasiado.
En BCN le presentó la de su editorial.
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